Ni Vox ni C’s pueden caer en la trampa que le tiende la izquierda

Ni Vox ni C’s pueden caer en la trampa que le tiende la izquierda

Conviene realizar una lectura desde el sentido común en torno a las dos últimas campañas electorales. En ambas Ciudadanos concurrió como un inequívoco partido de centroderecha y Vox quedó como tercera fuerza política dentro de este espectro ideológico. Si a estos dos hechos añadimos la constatación de que Santiago Abascal, antiguo militante del PP vasco, no preside un partido del corte de Le Pen o Salvini, el presente editorial, a buen entendedor, podría terminar aquí.

Con independencia de las filias y fobias que Vox pueda suscitar entra la ciudadanía, conviene delimitar su ubicación ideológica. Son un partido de corte netamente liberal-conservador, donde se aprecian tics, como no podría ser de otra manera, marcadamente castizos sobre múltiples temas. Puestos a asignarles una paternidad espiritual, probablemente desciendan del último Ramiro de Maeztu, el autor de Defensa de la Hispanidad fusilado en Aravaca en 1936. No por casualidad están en el mismo grupo europarlamentario que los tories británicos y los polacos de Ley y Justicia, y no con los antiguos neofascistas –hoy nacional-polulistas– de Rassemblement National y la Liga. Gente tan dispar como el politólogo Lluis Orriols, el catedrático Jorge Verstrynge o el ex presidente socialista de la Comunidad de Madrid Joaquín Leguina coinciden en señalar que Vox, al margen de la mayor o menor simpatía que pueda profesárseles, no son la extrema derecha.

Entonces, ¿de dónde proviene el afán por adjudicarles esta etiqueta? Muy sencillo. El PSOE quiere disponer de la posibilidad de pactar con Ciudadanos, en el caso de que su Gobierno de cooperación con Podemos no salga adelante. Para ello, los socialistas pretenden trazar un cordón sanitario en torno a Vox. De este modo, Albert Rivera estaría abocado a pactar con el PSOE. Tiene gracia que Pedro Sánchez pretenda dar lecciones de higiene democrática cuando ya ha pactado un moción de censura y está dispuesto a pactar un nuevo Gobierno con unos comunistas financiados por narco-dictaduras y amigos de teocracias yihadistas (Podemos), por golpistas (ERC), por racistas (PdeCat) y por los amigos de ETA (Bildu).

Los partidos están al servicios de los votantes –no al revés–, y estas dos elecciones dan una lectura clara: los tres partidos de la derecha en España están llamados a colaborar entre sí. Sin ninguneos ni tics finolis, también sin enfados ni afanes de protagonismo para lo que no dan los números. El imperativo es la unidad, salvar las plazas donde se ha ganado y, a partir de ahí, comenzar a ganar espacio. Lo demás es Borgen, es decir, ficción. Por supuesto, a Sánchez ni caso.

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