Menos diputados, más despachazo

Menos diputados, más despachazo
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El recorrido de Pablo Iglesias cada vez se parece más a una de esas novelas francesas del siglo XIX que describen las aventuras de su protagonista en busca del ascenso social.

Con el casoplón de Galapagar Iglesias cumplió el sueño de muchos. Ahora bien, faltaba el imponente despacho con el que impresionar a visitas y amigos, a ser posible ubicado dentro de algún ministerio u organismo oficial. Esta segunda aspiración la ha dejado cubierta con la ampliación de su oficina de diputado en el Congreso. Todo ello es perfectamente legítimo en el orden de los fines –no así en cuanto a los medios–, pero no deja de resultar chirriante que lo haga alguien que alcanzó el estrellato clamando contra la casta y proclamando a todo el que quisiera escucharle que compraba la ropa en Alcampo.

Pero lo que ya significa rizar el rizo es lograr todo esto cuando el propio modus vivendi declina. Porque declinante es el recorrido político de Podemos. Aunque el partido neocomunista está atrapado entre Sánchez y las encuestas –su capacidad de negociación es muy baja porque en unas nuevas elecciones perderían 15 diputados más–, lo agónico de esta situación Iglesias no lo interpreta como un regreso a la austeridad de la vida de profesor universitario.

Más bien da la impresión, por el contrario, que avanza hacia la profesionalización de su vida política. Podemos con los años irá bajando de elección en elección hasta regresar a su origen ideológico y parlamentario, es decir, Izquierda Unida. Rodeado de sus incondicionales, con chalé en Galapagar, con buen despacho en el Congreso, y con mejor sueldo, Iglesias siempre podrá recordar con cierta melancolía el 15M, incluso podrá mirar con envidia el Palacio de La Moncloa cada vez que por la noche regrese a casa por la A-6, rumbo precisamente hacia Galapagar. En cualquier caso, para sobrellevar sus cuitas tendrá cerca los consuelos que ofrece el confort de la vida burguesa.

 

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