Directos al precipicio

Directos al precipicio
  • Jorge Fernández Díaz

Escuchar al ministro y secretario de organización del ex PSOE Ábalos, decir que Bildu, por apoyar sus presupuestos, «tiene más sentido de la responsabilidad que el PP», demuestra la irracionalidad y carencia de sentido común y principios en que se ha instalado el actual Gobierno.

Por voz tan autorizada del Gobierno y del antaño partido socialista, devenido a partido sanchista de facto, se conoce -por si alguien no se había enterado todavía- cuál es proyecto, el programa y la estrategia que sigue el tándem gobernante Sánchez-Iglesias: se podría resumir en el axioma de que «el fin justifica los medios», y que ese fin es la conquista y permanencia en el poder.

Destapadas así las cartas y puestas sobre la mesa, y sólo así, puede entenderse, aunque nunca aceptarse lo sucedido -y lo que está por venir- desde que Pedro Sánchez obtuvo la presidencia del Gobierno el pasado junio de 2018, con la ínfima representación de tan sólo 84 diputados, menos de la mitad de la mayoría absoluta del Congreso. Tan in crescendo se suceden  las decisiones que está adoptando desde entonces con el concurso de su socio de coalición, que no es extraño que cada vez se alcen más voces críticas y preocupadas procedentes del socialismo histórico, ante la deriva dada a su Gobierno. Elegir a Bildu como socio preferente para la gobernabilidad en España y Navarra es cruzar una línea que jamás podíamos imaginar traspasara el presidente de un Gobierno de España y máximo líder de un partido, que cuenta en sus filas con no pocos dirigentes y militantes entre los centenares de asesinados por la banda a la que Bildu nunca ha condenado. Y si alguien objetara esta última afirmación por excesiva,  bastaría recordarle el «muy sentido pésame» que Sánchez trasladó a Bildu en sede parlamentaria, por el suicidio en prisión de un miembro de ETA que cumplía condena. Aquella declaración basta y sobra para entender de qué estamos hablando.

En paralelo a este acuerdo presupuestario -y de facto, de legislatura-, se producía otro acuerdo formalizado en la Comisión de Educación del Congreso, aceptando una enmienda de ERC para retirar al castellano el carácter de lengua vehicular en la Ley Celaá. O sea, que la lengua española oficial tenga el mismo tratamiento «que el francés o el inglés», como afirmó la portavoz del grupo separatista ERC: el español, lengua extranjera en Cataluña.

Nunca, repito nunca, pudimos imaginar tamaña operación consistente en desapoderar al Estado con una mano, mientras simultáneamente se desvertebra la Nación con la otra, para seguir instalado en el poder. A fin de blindarse de eventuales criticas y acciones, estas decisiones han venido precedidas simplemente del intento de dominar el gobierno del poder judicial y de censurar las noticias que ellos consideren falsas en los medios de comunicación. El muñidor en la sombra de estos acuerdos es el Vicepresidente Iglesias, que antes exigía  luz, taquígrafos y transparencia en las negociaciones políticas, y ahora blasona ufano que «la política es el arte de lo que no se ve».

Esta última aportación a la ciencia política por parte de Iglesias, conviene retenerla en unos tiempos como los actuales, con un Gobierno compuesto por quienes urdieron una moción de censura que tenía en el frontispicio de su motivación «la transparencia en la gestión política». De un Gobierno que precisa para su subsistencia del apoyo de quienes abogan lisa y llanamente por la destrucción de la Nación, el Estado y el sistema constitucional, no podía esperarse nada bueno para España ni para los españoles; pero esa predicción se ha convertido ahora en una dramática realidad. Sánchez eliminó el contrapeso de poder interno en el PSOE tras recuperarlo, para que no volviera a producirse lo vivido cuando el Comité Federal le obligó a dimitir precisamente para impedir una política de pactos como la que está realizando ahora.

Como líder supremo y exclusivo de su partido «sanchista», la única alternativa que queda es la de apelar a la auctoritas de los dirigentes históricos del PSOE para encarrilar un tren que va directo al precipicio con los españoles de pasajeros.

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