Brexit, golpe de efecto al euroescepticismo

Brexit, golpe de efecto al euroescepticismo

El convulso e incierto futuro de Reino Unido, aún dentro del club comunitario, ha redefinido el relato y la estrategia del euroescepticismo continental.

1095 días. 36 meses. Tres años. Es el tiempo transcurrido desde aquel 23 de junio de 2016 en el que los británicos acudieron a las urnas para dirimir su vinculación con el Grupo de los 27. Un exiguo margen del 52% declinó la balanza a favor de la salida. Desde entonces, el fantasma del Brexit sobrevuela con más fuerza que nunca enfangando y sembrando el caos a su paso: dos primeros ministros dimitidos, los partidos desnortados, la sociedad británica fracturada y un halo de incertidumbre e inestabilidad que amenaza, al menos en términos de percepción, con la parálisis institucional del gigante comunitario. Resultado pírrico para todos el de aquella cita histórico. Para todos menos para los euroescépticos de UKIP y el esperpéntico Nigel Farage quien, sin duda alguna, fue el gran vencedor de los últimos comicios europeos (28 escaños de los 73 en juego; un 32% de los votos), sacando rédito de la hemorragia de Westminster.

El triunfo de Farage en las elecciones al Parlamento Europeo redobla la presión sobre el partido Conservador que, abierto en canal, no encuentra voces en sus filas que contemplen, si quiera, la posibilidad de un segundo referéndum. La suerte está echada entre Boris Johnson, exalcalde de Londres y alma máter del ala dura de los tories, partidario de hacer el Brexit realidad (con o sin acuerdo) en octubre de 2019; y Jeremy Hunt, ministro de Exteriores de Theresa May, de perfil más moderado, quien no descarta una posible tercera moratoria para la renegociación del acuerdo heredado de la premier.

De un modo u otro, en cualquiera de los escenarios, no son cantos de sirena lo que le esperan a la economía británica, precisamente. Y es que desde 2016, los flujos de inversión extranjera directa han retrocedido un 67%, por no hablar de la contracción de hasta 3 puntos del PIB que, de no haber acuerdo, experimentaría el país, acompañado de una depreciación de la libra y una tasa de desempleo un 1,5% mayor que en 2019, según estimaciones del propio Instituto Nacional de Economía y Estudios Sociales de Reino Unido. Todo ello en un contexto de guerra comercial y desaceleración económica creciente.

Un alud de complicaciones que han concedido protagonismo al bloqueo e invalidan el ideal euroescéptico de una salida “a las bravas” como sinónimo de liberación, pleno poder de decisión y bonanza económica y social, la fórmula mágica y reduccionista promocionada por los populistas. Si se hubiera demostrado que los partidarios del Brexit tenían razón al prometer una vía de escape rápida e indolora con las ventajosas condiciones económicas de pertenecer a la UE y sin contrapartidas de ningún tipo (pleno acceso al mercado único, la no libre circulación de personas…), el virus euroescéptico hubiera mutado a eurófobo y se hubiese extendido como la pólvora, con lo que la plena desintegración sería ya un hecho consumado; la “peor Europa de todas”, que diría Churchill.

Muchos podrán alegar que ese sentimiento euroescéptico no ha dejado de crecer (no les falta razón; basta mirar los resultados del pasado 26 de mayo, con una representación total superior al 22% en la Eurocámara), pero la estrategia y el relato son sustancialmente distintos: de una batería de líderes que se movían en el terreno de la imitación a Farage y clamaban por la salida inmediata… a una generación mucho más pragmática que, tres años después y con la experiencia en la mano (recuerden aquello de “la realidad se impone cuando uno gobierna”), han optado por seguir, pero a través de una merma progresiva del engranaje europeo desde dentro de las instituciones, donde obtienen legitimidad democrática, altavoz mediático y financiación.

La experiencia del Brexit ya ha desactivado, por sí sola, los anhelos de urgencia. Ahora es el turno del resto de fuerzas europeístas, que deben aunar esfuerzos en una legislatura determinante por revertir la crisis de representación existente, ya demasiado dilatada en el tiempo, y arrinconar con presteza y políticas el cáncer populista que se ha instalado en el seno de la Unión para impedir que se convierta en metástasis y arrase todo atisbo de camino hacia la federación europea.

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