Claro que ETA está detrás de todo

Claro que ETA está detrás de todo

El Gobierno de Pedro Sánchez no puede abrir nuevamente heridas políticas que habían sido dolorosamente cerradas. Los socialistas no pueden ceder ni un ápice ante el anhelo de autodeterminación de los separatistas catalanes regalándoles un trato entre iguales con la figura de un relator y, mucho menos, acceder a que este ente neutral –e innecesario en este caso–, propio de los conflictos internacionales entre Estados, se extienda a otras regiones en las que hay formaciones políticas que defienden el secesionismo, como es el caso de Bildu en el País Vasco, el BNG en Galicia o Compromís en la Comunidad Valenciana. Si consiente las exigencias de los separatistas catalanes con respecto a la autodeterminación, Sánchez sentará un precedente altamente peligroso porque, de seguir usando la unidad de España como almoneda para aprobar los Presupuestos y seguir en el poder, estará dando alas de nuevo a un terror que creíamos olvidado: ETA y sus más de 800 personas asesinadas con el único fin de conseguir la constitución de un Estado Vasco, de acuerdo con su propio lenguaje, una meta que se saltaba toda regla constitucional.

Ahora, tras varios años de paz en los que no se han tenido que lamentar víctimas mortales a manos de estos pistoleros sin escrúpulos, cuando creíamos haber superado aquel sobrecogedor escenario de violencia, Sánchez se ha propuesto recorrer los mismos errores de traición a España en los que cayó José Luis Rodríguez Zapatero. Alrededor de 2005, el Gobierno socialista comenzó a contactar con representantes de la banda terrorista a espaldas del PP, a pesar de haber firmado en el 2000 el conocido ‘Acuerdo por las Libertades y Contra el Terrorismo’ del que emanaba una alianza común para acabar con el terrorismo y, por ende, con la sed de autodeterminación.

En aquel entonces, mientras hacían equilibrios con ETA a hurtadillas, al igual que ahora con los separatistas catalanes, los etarras vascos pidieron “establecer vías de comunicación para resolver el conflicto”, así como una “mesa técnica”, donde sólo se sentarían ETA y el Gobierno, y otra “política”, donde sólo participarían los partidos vascos con la exigencia de legalizar Batasuna. El gran empeño de Zapatero, colgarse la medalla de haber acabado con ETA, al fin llegó y los etarras anunciaron un alto el fuego a cambio de entrar en las instituciones y poner en libertad presos a cambio de paz, aunque romperían el pacto sólo un año más tarde con el atentado de la T4 de Madrid que dejó dos muertos y decenas de heridos. Las similitudes entre ambos casos, la presión usada por ETA para conseguir cesiones gubernamentales o el pago de prebendas imposibles a los separatistas catalanes, son sobrecogedoras y, además, en ambas ocasiones, la perdedora siempre es la misma: España. Sánchez, a todas luces y viendo el acontecer de los hechos, va camino de convertirse en el nuevo Zapatero.

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