El relato real no debe olvidar a los acólitos de ETA

El relato real no debe olvidar a los acólitos de ETA

Tras el vomitivo comunicado de ETA de la semana pasada, debemos ser conscientes del falso relato que se ambiciona “vender” donde unos pretenden blanquear su asesina conducta y otros despojarse de sus claras connivencias. Muestra de esto último ha sido el papel hipócrita de parte del clero vasco, la farisaica actitud del PNV con sus “nueces” y la cobarde indiferencia de segmento no pequeño de la propia sociedad vasca. Durante más medio siglo ETA han obtenido la simpatía de un sector de los sacerdotes y religiosos vascos. Empezando por aquellos que se han prestado a colaborar, convocar e incluso encabezar marchas y manifestaciones de apoyo y jaleo a la mafia, y terminando por los que, yendo más allá, han sido detenidos y condenados por colaborar con los criminales. Con hechos como negar sistemáticamente cobijo espiritual a las víctimas para sus funerales, han ofrecido total impunidad a los asesinos, cobertura intelectual e incluso una cierta pátina de ficticia base religiosa.

Condenar las acciones criminales de la banda nunca fue su prioridad, cuando si lo fueron sus apoyos a las aspiraciones por “un Pueblo Vasco liberado de toda opresión”. No fueron todos, pero sus actuaciones jamás respondieron a lo que se debe suponer el papel de la Iglesia católica. Sin dicho proceder, ETA sería más pasado y la dignidad de las víctimas habría sufrido mucho menos. El PNV ha mantenido siempre un equilibrio equidistante con el mundo terrorista, denunciando con la boca pequeña determinados atentados, que no todos, mientras desde su impostura se negociaba con Madrid, a sabiendas de su importancia en el mercadeo electoral y parlamentario. Y Madrid transigió siempre. Ejemplos tenemos de ello, como la frase del funesto Arzalluz pronunciando aquello de que “unos mueven el árbol y otros recogen las nueces”, o cuando gracias al PNV, se colocó a Ternera en la Comisión de Derechos Humanos del Parlamento vasco.

¡Qué escupitajo a toda la sociedad, qué bajeza y qué ruindad! Siempre tuvieron una doble alma, si es que alguna vez tuvieron alma. Y esa parte de una sociedad cómplice, con la indolencia como aliada, con ese cobarde mutismo frente a lo que no se quiere oír, a lo que no se quiere ver. Ese sonoro silencio que señalaba con el dedo para que otros descargaran sus pistolas. Escudo de la indiferencia y del “algo habrá hecho”, justificativo y putrefacto. Una parte de la sociedad dando la espalda a la realidad y cuya miseria moral llegó a convertir, y aún hoy perdura, a los verdugos en víctimas y a las víctimas en sayones. Una sociedad que aceptó que las únicas garantías imperantes eran las que marcaba ETA. Época donde bajo este tipo de sociedad la mayoría de los asesinados eran despedidos en actos casi clandestinos con una escasísima presencia de público y donde el protagonismo y el apoyo institucional se escondía de forma encogida y amilanada.

Que sociedad aquella que homenajeaba, y aún hoy sigue haciéndolo, a aquellos esbirros de ETA que certeramente morían en enfrentamientos con las fuerzas de orden público y eran despedidos en sus localidades entre multitudinarias muestras de apoyo​. O a los que salen de prisión comiendo gracias a nuestros impuestos. Pero tranquilos todos. ETA ya no mata. Tiene la suficiente fuerza política como para seguir guiando a la sociedad vasca. Sigue con la sonrisa de muchos, con la complicidad irrefrenable del nacionalismo y la tibieza de esa “nueva izquierda” cuya faz es la extrema izquierda de siempre. La necrosis social continúa y las posibilidades de cura no barruntan optimistas esperanzas. Ya lo dijo Voltaire, escritor y filósofo francés: “Cuando el fanatismo ha gangrenado el cerebro, la enfermedad es casi incurable”.

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