Tots som Llarena

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Con la brisa del atardecer, el olor a incienso, las calles manchadas de cera, el sonido de las procesiones de fondo y el ambiente relajado de las vacaciones en las que se descansan los cuerpos, se interiorizan las situaciones, y con el alma en carne viva en los días en los que se celebra la Paz, el Amor y la esperanza en un futuro mejor, de una cultura que ha servido para engrandecer aquellas sociedades que así lo vivieron, nos encontramos con las hordas que buscan la violencia, la impostura, el incumplimiento de la Ley. Una sola persona contra las presiones e intereses del gobierno, las de la oposición y de los delincuentes, todos ellos empeñados en que la política debe de sustituir la constitución y la Ley, permitiendo que existan ciudadanos de primera —los políticos— y de segunda —los perritos sin alma—, es capaz de actuar en conciencia, equivocado o no, aplicando la Ley en una victoria del Estado de Derecho frente a la acción política repleta de intereses, ponzoña y juegos bastardos.

La Justicia, y sus aledaños, está colmada de juececillos, fiscales y abogados empeñados en manchar las togas con el barro del camino, medrar en favor de unos y otros; pero, incluso, en esa lamentable situación, sigue habiendo un hilo de esperanza cuando existen valientes que ponen en riesgo su vida, la de su familia, por cumplir la Ley, por respetar la norma y por defender la Constitución. No estamos ante situaciones baladís o políticas defendibles en el foro constitucional, sino ante una situación cruel que olvida la diferencia entre democracia y fascismos. La primera es la forma de gobierno por la que el pueblo soberano decide su futuro y establece los máximos controles al poder, de modo que, sólo y exclusivamente, el mismo pueblo que se concedió una norma, puede cambiarla y es, ese pueblo, el que somete a vigilancia al poder. Y, el segundo es el sistema totalitario anticapitalista, anticomunista, racista, autoritario y que manipula a las masas por medio del uso de los terminales mediáticos y propagandísticos de sus planteamientos ideológicos, normalmente personalistas.

En España lo que ha sucedido es que, en su momento, se destapó el frasco de las hediondas esencias de nuestra política en la que se había impostado un modelo sistémico de corrupción y, concretamente, en Cataluña, envueltos en la señera, se institucionalizó el latrocinio y se afirmó con rotundidad “si se toca la rama haremos caer el árbol”. Tocose la rama y en ese momento comenzó un “procés” que llega al paradigma de la estulticia, en fechas presentes, con un payaso en su portada y unos drogados con el soma introducido durante años por la “rama” para robar y que, ahora, usa para destruir.

En el resto del país, igual detritus, con un presidente cubierto por la misma deyección que el amo del calabozo catalán, el mismo problema de cadenas y pesos en las muñecas que le impiden tomar decisiones, actuar con firmeza, liderar una defensa. Por otro lado, una oposición del PSOE desnortada y con los mismos grilletes que les atenazan; unos personajes de Ciudadanos voluntaristas y con ánimo, pero con poca solvencia intelectual y política que les permita actuar, y una canallesca que sólo busca su lucro y posición, que desea destruir España para ganar su gloriaEn unos momentos en los que la defensa de la Ley, del Estado de Derecho, de las libertades, es fundamental ante el populismo rampante y la estulticia galopante, usando sus propios lemas, no me queda más remedio que clamar “YO TAMBÍEN SOY LLARENA

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