El PP está muerto y Ciudadanos… ¿Es una burbuja?

El PP está muerto y Ciudadanos… ¿Es una burbuja?
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Rajoy baila Mi Gran Noche en un bodorrio de Murcia y, sin darse cuenta, se hace viral. No él, sino la genial metáfora en la que se sustancia el Partido Popular. La del partido de Gobierno renqueando como un boxeador sonado. Mientras Ciudadanos vuelve a recibir el valioso obsequio de la presunción de la madurez política y el oro en las demoscopias. La segunda oportunidad para un partido que, después de una década de vida, ha querido encarnar demasiadas cosas: a Suárez, al rescate de Pedro Sánchez y al remake patrio de Macron. Hasta la encarnación de aquella frase meliflua que coronaba su sede de Alcalá en 2015. Aquella “idea poderosa e imparable a la que le había llegado su momento”. Entonces, el CIS otorgaba a Rivera el puesto de ama de llaves de Moncloa, y su momento no llegó, desparramando su previsión de 73 escaños en la insuficiencia de 40. En 2016 su irrupción en el Congreso descendió dramáticamente hasta los 32 con una pérdida de más de 300.000 votos. Ahora, Inés Arrimadas ha vuelto a catapultarle hasta el sillón del Gobierno de España en el imaginario y en el consenso de las rotativas.

El peligro ahora es que Ciudadanos esté convirtiéndose en una burbuja especulativa inflada por PRISA y los politólogos. Un fenómeno producido por el entusiasmo desbordante del 21D, el mercado y la coyuntura política y social en una subida descontrolada como un activo cada vez más alejado del valor real o intrínseco de Rivera. El riesgo es, de nuevo, que el valor del proyecto alcance niveles absurdamente altos y que la burbuja acabe estallando. Puede ocurrir mientras fuera de Cataluña su principal combustible siga siendo la permanencia de Mariano Rajoy que, a pesar de su supervivencia paliativa, ha resucitado a demasiadas muertes consumadas y firmadas por la opinión pública. La realidad es que el PP no puede seguir postergando más su renovación y que, más allá de Arrimadas, Ciudadanos no ha demostrado nada excepto una incapacidad total de correr el mínimo riesgo por aquellos que les han votado ejercida a través de una cobarde obsesión por la abstención y una extrema pericia en el arte de la abstracción discursiva e ideológica.

Ahora, el objetivo prioritario de Rivera es Madrid y la Comunidad Valenciana, donde, de forma asombrosa, la demoscopia le llega a vaticinar hasta la gobernabilidad en solitario. Permítanme que lo dude. A pesar de que Cifuentes no representa en modo alguno la iniciativa promercado y el respeto a la libertad individual, la Comunidad de Madrid sigue liderando el ranking de la más baja fiscalidad del país gracias a los años de gestión de Aguirre, de modo que pretender competir con el PP en ese terreno con Ignacio Aguado es como apostar por La Chiki para quitarle el puesto de Pichichi a Leo Messi. Aguado es un socialista en el que el liberalismo ha de presuponérsele en el bronceado y su blanqueamiento dental de barítono de festival de Benidorm. Su sesgo intervencionista fue explícitamente reconocido el día en el que el representante de los naranjas de la Asamblea de Madrid atacó abiertamente las bondades de la bonificación del impuesto de sucesiones.

En Valencia, Ciudadanos está muerto. Sus intervenciones en los plenos frente a Ribó tienen el mismo torrente de emoción que un párroco dando las últimas exequias. Ha llegado a votar a favor de la nueva televisión pública nacionalista de Puig y Oltra cuya directora ha defendido el derecho a decidir. Su portavoz y previsible candidato para las municipales encabezó una manifestación nacionalista el 18N y en la actualidad se enfrenta a la dimisión de uno de sus concejales. Su grupo municipal está devastado y es incapaz de capitalizar la ruina crediticia del Partido Popular. Podemos se confirma ya como la joven promesa del fracaso. El PP únicamente tendrá futuro si antes es voluntariamente desmantelado, pero, de momento, Ciudadanos no es más que ese deseo íntimo de aquello en lo que nos gustaría que se convirtiera. Por eso se lo presuponemos, aunque no sea más que una burbuja que representa lo más penalizado en política: la sombra de la duda. Créanme, ojalá no lo fuera.

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