La gilipolítica Irena Montera

Irene Montero - Forbes
Irene Montero. (Foto: EFE)

Prodigiosa es la capacidad que atesora Podemos para trincar sin que les pase nada, para insultar y que todos miren hacia otro lado o les rían las gracias y últimamente para hacer el ridículo más espantoso. No sé cuántas veces habré comentado, si no son 50, serán 100, y si no son 100 estaremos rondando ya las 200, que la ciudadanía puede llegar a perdonar la corrupción a un político por esas razones del corazón que la razón desconoce, por esos sentimientos que han resucitado peligrosamente un populismo que se nos antojaba enterrado en el baúl de los recuerdos. Las más de las veces, el carisma es el pasaporte infalible a la impunidad y la inmunidad. Ahí tienen los ERE andaluces que no han tumbado al PSOE, la Gürtel valenciana que inicialmente no pesó en las urnas o ese felipismo que tardó en caer más de lo que tocaría en una democracia occidental porque Felipe era un encantador de serpientes al que se le perdonaba todo. Hasta la mala gestión puede salir gratis si el político, politiquillo o politicastro exhibe una flor en el trasero, si los astros se confabularon a su favor o si goza de esa baraka que es como en Marruecos se denomina a lo que más acá del Estrecho conocemos como “suerte”. Lo que normalmente nunca perdona Juan Español es el político ridículo, el payasete o payaseta o el gafe (que se lo digan al pobre de Luis Yáñez que padeció esa injusticia en carne propia). Estas tres subespecies están sentenciadas en el mismo momento en el que la ciudadanía les cuelga el sambenito.

Podemos, en caída libre, de derrota en derrota hasta el sopapo final, ya no sabe qué hacer para llamar la atención. Para que las cosas vuelvan a ser lo que eran cuando casi todos los medios hacían ji-ji-ja-ja a estos indeseables comunistas que cobran de la dictadura venezolana que mata a sus conciudadanos en las calles y de esa teocracia iraní que lleva a cabo prácticas tan poco progresistas como ahorcar a los homosexuales, lapidar adúlteras y tratar a las mujeres peor que a los perros (que ya es decir por aquellas latitudes). La suerte de Podemos es directamente proporcional a las neuras de Pablo Iglesias. Teniendo en cuenta que cada vez está más obsesionado con todo y con todos, que no se fía de nadie, que padece una suerte de manía persecutoria, no es de extrañar que vayan de nalgas, cuesta abajo y sin frenos.

Pero hete aquí que Irene Montero rescató esta semana de su patética chistera un término que ya había pronunciado la primavera pasada: “Portavoces… y portavozas”. Sí, ¡¡¡portavozas!!! Como digo, no era una frivolité nueva. Lo que sucede es que entonces aún estaban bendecidos por la opinión publicada, consecuentemente por la dócil opinión pública, y ahora no. El eco de semejante imbecilidad ha sido tal que las carcajadas aún se escuchan de un lado a otro del mapamundi: Los Ángeles, Sídney, Ciudad del Cabo y Reikiavik.

Irene Montero, que sustituyó al brillante Errejón como portavoza (¿portavoz?, ufff, qué lío porque Errejón es hombre) podemita en el Congreso por ser la novia de Iglesias (esto no es machismo sino la puñetera realidad), pensaba que esta charlotada lingüística iba a hacer furor. Que iba a abrir un debate serio sobre el sexismo en el lenguaje, vamos, que iba a meterle un meneíto al metalenguaje patrio. Se encontró que donde el baboseo patrio antes le decía “genio”, perdón Irene, “genia”, ahora le llama de todo menos espabilada. Los calificativos son irreproducibles por razones, perdón, “razonas”, de buen gusto, quería decir “buena gusta”. La preescolar política ascendida a la gloria en tiempo récord pensaba que su gesto iba a ser como el de la afroamericana que hizo historia al negarse a ceder su asiento a un blanco en el autobús, Rosa Parks, o como el de la madrileña que pagó con el exilio la instauración del sufragio femenino, Clara Campoamor. Cosas de alguien o alguiena que, al igual que su Pablo y la mayor parte de la bancada morada, no da para más. Por cierto: nuestra protagonista tuvo la osadía de compararse con Rosa Parks y Clara Campoamor en la moción de censura de junio (con dos cojones, ¿cojonas, tal vez, querida Irena?). La historia que cuento en esta columna no es ninguna broma. O quizá sí, vaya usted a saber, pero una broma de mal gusto, naturalmente.

El drama de Irene Montero es el mismo que el de Pablo Iglesias: van de listos, políglotas, intelectuales, tolerantes y modernos cuando en realidad son analfabetos funcionales, iletrados, chisgarabís, tan sectarios como rencorosos y en el fondo más carcas que mis tatarabuelos. De haber pensado un poquito y revisado esa wikipedia que es su única fuente de saber, sabrían que el sustantivo “portavoz” es común a ambos géneros. Esto es, único tanto en su acepción masculina como en la femenina. ¿Te has preguntado alguna vez, estimada Irene, por qué se dice sólo periodista, astronauta o pianista? Te-lo-ex-pli-co. O, según tu peculiar modo de interpretar el Diccionario de la Real Academia, “te-la-ex-pli-ca”. Pues porque es igual en masculino que en femenino y no por eso los hombres ponemos el grito en el cielo y hablamos de “periodistos”, “astronautos” o “pianistos”. Como tampoco nadie emplea “gilipollos” para referirse sinonímicamente a los seres con pene (¿pena?) que son “estúpidos” o “necios”.

El problema de Podemos que ratifica que Podemos es un problema no es sólo que puedan cargarse España si, Dios y sobre todo el diablo no lo quieran, gobiernan aplicando esas teorías económicas que han conducido a la ruina a todos los países comunistas sin excepción. O que instauren una sucursal bolivariana en España con las implícitas consecuencias en términos de libertad que ello conllevaría. No. Ideologías al margen, lo más grave sería que nos gobernase esta panda de indocumentados. El laboratorio madrileño carmenita da para escribir una enciclopedia que suscribiría el mismísimo Homer Simpson: concejales que nunca habían cotizado a la Seguridad Social hasta que llegaron a la Casa de la Villa, otros que pasan de ir al despacho porque es “una práctica burguesa”, zapatas de la vida que odian a los judíos y se mofan de las niñas de Alcácer, Irene Villa y Marta del Castillo y sánchezmatos que desconocen que dos más dos son cuatro. Una fauna que se asemeja a los burros: arrasa todo lo que pilla a su paso en una suerte de piojosa política de tierra quemada.

El genio entre los genios, José Mota, anticipó hará cosa de dos años lo que iba a ocurrir con el gilipollismo imperante en una desternillante parodia en la que el portavoz del PSOE convertía en femeninos los palabros masculinos y viceversa. Otro que no le va a la zaga, el gigante Carlos Herrera, hablaba el viernes de “carga pública” a la hora de referirse a “Irene Montera”. La “portavoza” podemita, que se cree un mix de Golda Meir, Indira Gandhi y Hillary Clinton, se las prometía muy felices y pensaba que su estratosférica memez iba a suponer un pequeño paso para ella pero uno grande para equilibrar el notable gap aún existente entre la mujer y el hombre. Sí, ha sido, un gran paso, pero cangrejil: hacia atrás. Ha dado argumentos al tan peludo como irredento machismo patrio que tiene incrustado en el cerebro ese cavernícola concepto del “sexo débil” y a esa tan insoportable como impresentable misoginia que aún es moneda de uso corriente en algunos estratos de nuestra sociedad. Afortunadamente, el 99,999999% de las mujeres no es Irene Montero, básicamente, porque acumula más neuronas (¿los hombres tenemos neuronos?) que ella. No puede, por tanto, representar al resto porque bastante tiene con intentar representarse a sí misma. Tomo prestada la frase que empleó esa sabia al cubo que es la gran bibliotecaria Milagros del Corral: “Antes de llegar al Parlamento, los políticos deberían superar un examen de ingreso. Esta señora debería volver a Primaria”. Pues eso: Irene no tiene un problema de desigualdad de género (“génera” en el diccionario ireniano) sino intelectivo. En eso el género Pablo es idéntico al género Irene. Son tal para cual o cual para tal.

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