Somos perritos sin alma para los políticos

Somos perritos sin alma para los políticos

Para dar comienzo a esta nueva singladura que se inicia con estas letras, mal juntadas, y para los que no me conocéis, en este espacio encontraréis a un pequeñajo bigotín que, amén de inconformista, premisa fundamental para acceder a este apartado, gusta de zapatear en todos los charcos, remover todas las piedras y buscar en todos los pliegues para intentar vislumbrar aquello que nos ocultan, el trasfondo de las cosas y, con ello, ayudar a los demás, manteniendo un pensamiento crítico de la realidad que, normalmente, se tiñe de gris y, al tocarlo, intentar darle un punto de color y esperanza

Alguno de mis latiguillos es que nuestros políticos nos consideran “perritos sin alma” sólo útiles en período electoral para, unos, alcanzar su poltrona, y, otros, para manipularnos e intentar conseguir en las calles lo que no consiguen en las urnas, y que esto lo hemos aceptado con mansedumbre, con una docilidad que nos define y que ya se dejaba ver por Jarcha en los años 70, en su canción ‘Libertad, sin ira’ en la que se cantaba, junto a un grito de libertad, lo que desea la gente que no es otra cosa que “su pan, su hembra y la fiesta en paz”.

Resulta doloroso comprobar cómo, con esa sumisión, llevan jugando con nosotros desde el inicio de la democracia para transmitirnos la visión de que la bravura sólo es patrimonio de la izquierda, que no admite que existan otros que piensen distinto de ellos; como nos han inculcado, de forma lacerante, que la libertad y el progreso es de izquierdas, ocultando que el único partido que se mantiene desde antes de la Segunda República es el PSOE, que el único himno que se mantiene tras las guerras es la internacional, que el único gesto que se hacía por los más grandes asesinos es el puño en alto y, pese a todo, se enfrentan, con dolorosa prepotencia, cual dómino del predio para, con una Ley de Desmemoria Histérica, interpretar que unos eran buenos y otros malos, unos florecían en el campo y otros asesinaban en la cuneta olvidando las checas en las que, al parecer, se hacía el amor. En el otro lado, la derecha ha superado las flechas, el brazo en alto y los símbolos del franquismo, pacíficamente y, pese a ello, mantiene una actitud melindrosa y acomplejada, o demasiado cerca de posiciones populistas o trasnochadas que, en lugar de aportar solvencia, ocasionan perjuicio a la democracia cristiana, al conservador democrático o al liberal.

Pues bien, no es así, no lo contemplo así, la libertad es un anhelo de los ciudadanos con independencia de su color político, y el progreso algo por lo que se lucha desde todas las posiciones, y observamos la política como un mal necesario, en la medida que controla nuestro presente y el futuro de nuestros hijos, y que contemplamos o bien como un Estado paternalista que nos cuida y decide por nosotros, dirige nuestra vida y actúa por nosotros, o como un Estado que cubre necesidades mínimas, pero que no puede limitar nuestra libertad personal, que somos nosotros los que decidimos y dirigimos nuestro destino.

El problema es el de siempre, que ya no existen líderes, no hay estadistas, no existe el altruismo, sino mangarranas, con más o menos poder, miedosos y carentes de principios, con el único criterio del marketing y el rédito personal, de su cobre, de su inconsistencia moral y flojera intelectual.

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