A Pablo no le gusta trabajar

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Pablo Iglesias. Foto: Francisco Toledo.
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Imagínense que Mariano Rajoy no hubiera dado la cara tras el Waterloo del 21-D en Cataluña. Pongamos por caso que Pedro Sánchez se hubiera escondido tras las faldas de su mujer después de unas elecciones autonómicas que iban a ser el orgasmo para el PSC y devinieron en estruendoso gatillazo. Les hubieran llamado de todo menos guapos. Horas y horas de tertulias, hectolitros de tinta y trillones de páginas vistas en Internet. No hubieran salido vivos. Porque cuando a una debacle de estas características le sumas la cobardía, lo normal es que te den hasta en el cielo del paladar. Cuando pierdes poder y encima haces luz de gas lo habitual en términos democráticos es que la bromita te cueste cara, no, lo siguiente.

Pablo Iglesias es diferente. El chico de los piños color carbón es como el Papa: tiene bula. Y, consecuentemente, es infalible. Sólo existen dos seres infalibles en el mundo: Francisco y él. Tal vez también Kim-Jong-un para sus súbditos aunque en ese caso es por razones diferentes que no se le escapan a nadie que esté mínimamente informado de cómo se las gasta el gordinflón norcoreano. El pollo Pablo se ha metido entre pecho y espalda ¡¡¡25 días de vacaciones!!!, vamos, lo mismo que cualquier españolito. Pruebe usted a pirárselas 25 días en Navidad, regrese a su puesto de trabajo y comprobará en centésimas de segundo cómo le remiten al Área de Personal de su empresa donde le darán la correspondiente patada en salve sea la parte. La última aparición del secretario general de Podemos tuvo lugar el 19 de diciembre en Santa Coloma en un mitin de esas elecciones catalanas en las que la que iba para “segura” presidenta de la Generalitat, Ada Colau, no se presentó pero se pegó un castañazo de aquí no te menees por Doménech interpuesto.

Los medios de comunicación, podemizados en una significativa parte (el 75% cuando en las generales no pasaron del 20%), le han perdonado la vida. “Bueno, no ha aparecido, pero tuitea de vez en cuando”, le excusaban sus periodistas de cámara. Los Maraña, Pardo de Vera y cía. Pablo Iglesias no es precisamente el tipo más valeroso del mundo. Si por algo destaca es por su carácter cobardón. Aún recuerdo cómo cada vez que debatíamos en La Sexta Noche jamás osaba mirarme a la cara hasta que entrábamos en directo: me tenía más miedo que a un nublado. El 20 de diciembre, invadido por la depre, debió de refugiarse en esa cabaña que compró en la Sierra de Ávila y que, según El Confidencial Digital, se instaló ilegalmente en un terreno de 1.600 metros cuadrados cuando la normativa prescribe que son necesarios 5.000. Desconozco cómo terminó la polémica.

Ayer salió a la palestra, chulo como es él, advirtiendo a los medios de comunicación que nos vamos “a hartar de verle”. En fin. Lo más preocupante de todo es que en el vago coletudo se notó una radicalización que recuerda al Pablo Iglesias de hace no tanto. El que se “emocionaba” viendo cómo pateaban la cabeza a un policia, el que ensalzaba el papel de la banda terrorista ETA (900 muertos) en la Transición, el que loaba al tan asesino como ladrón Hugo Chávez, el que defiende cual servil escudero a su jefe Nicolás Maduro, el que cobra de un régimen que lapida a las adúlteras y ahorca a los gays, el que propone salir a cazar fachas, el que defendía la inocencia del asesino Rodrigo Lanza…

Además de provocar a los pocos periodistas que no le hacemos ji-ji-ja-ja, Pablemos fue el de sus días más salvajes. Propuso “echar al PP de España”, abolir la Monarquía y puso literalmente a parir a ese partido inmaculado en términos de corrupción que es Ciudadanos. El comunista bolivariano asegura que son “la extrema derecha” olvidando, porque no sabe de nada, ni siquiera de política siendo politólogo, que Albert Rivera es el más genuino representante posmoderno de la obra y la figura de Adolfo Suárez. Nunca hubo algo tan parecido a la UCD como Ciudadanos. También tuvo un zasca para Pedro Sánchez, al que acusa de “haber envejecido demasiado pronto”. Debe ser que él no se ha mirado a la chepa.

Como quiera que es un tipo orgulloso y soberbio como pocas veces se vio en la cosa pública, no hubo un rinconcito para la autocrítica. Para preguntarse por qué una formación (Los Comunes) que hace no tanto lideraba todas las encuestas en Cataluña terminó la quinta y con dos escaños menos que en las anteriores autonómicas de 2015. Y así como Franco culpaba de todos sus males a judíos y masones, el secretario general de Podemos responsabiliza de su declive en las encuestas demoscópicas y en las de verdad a “un cierre de filas oligárquico”. Reacciones de niño consentido.

Lo peor de todo es que, para variar, sus barrabasadas de ayer le saldrán gratis total. Minúsculas han sido también las críticas por su espantada en forma de holganza vacacional navideña. Como infinitesimal fue la censura de la opinión publicada cuando toda España se enteró de un whatsapp en el que reclamaba “azotar a Mariló Montero hasta que sangre”. Como de rositas se fue cuando desde la tribuna del Congreso invitó a Andrea Levy a ir a su despacho a “pasar un rato” con el diputado podemita Miguel Vila. O como cuando ni un solo periodista se levantó y plantó al pájaro tras ensalzar en una rueda de prensa “el bonito abrigo de pieles” que vestía una periodista que había osado formularle una pregunta incómoda.

Lo suyo es otra vara de medir lo cual indica el nivel ético y moral de gran parte de los medios de comunicación de este país. Quiero ver qué pasa si, como se atisba entre bastidores, la depre del personaje se perpetúa y opta por ceder el testigo de Podemos a su novia, Irene Montero, en lo que se ha bautizado ya como “Operación Kirchner” por sus perogrullescos paralelismos con la sucesión del matrimonio de corruptos que gobernó Argentina más de una década.

Más allá de todo ello, tres conclusiones. La primera es que van a menos. Cada milagro de Fátima en forma de 600.000 nuevos puestos de trabajo anuales es una desgracia para los morados, que crecieron a base de malas noticias económicas. A menos empleo, más votos para Podemos. Ahora es a la inversa gracias a Dios (entonces, era gracias a Satanás). La segunda es que apelan ya implícitamente a métodos no precisamente pacíficos para cambiar el status quo que quisieron los españoles en esa fiesta de la democracia que son las elecciones generales. Ese “hay que echar al PP de España” recuerda a una de las más temibles bravatas de Largo Caballero: “Si somos derrotados en las urnas, iremos a la violencia, pues antes que el fascismo preferimos la anarquía y el caos”. La tercera, y no menos abyecta, es que por enésima vez le perdonan políticamente la vida. Cosas de una España cada vez más centrada y una opinión publicada que hace tiempo se echó al monte y no volvió jamás.

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