Opinión

El show de Truman Puigdemont

El show de Truman Puigdemont
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No va a recibir un Óscar ni un Globo de Oro al mejor actor, pero se ha convertido en un epígono caricaturesco y extraño del estelar Jim Carrey para protagonizar un cutre y dañino show: esperpéntico, tragicómico, estéril. Ése es hoy el plan y la misión de Puigdemont. El hombre delirante, el politicucho que convierte Bélgica en un plató de televisión y que busca, de forma tan ciega como ridícula, esa grabación en la ópera, o mientras sale del portal de su casa, o cuando se adentra en bosque, o al saludar a un despistado vecino que le reconoce como un cuerpo ajeno a esa sociedad tan aburrida. ¡Qué más da! Se ha metido en una casa de Gran Hermano de límites difícilmente definibles en la que da manotazos para evitar, por todos los medios, que se descubra su decorado de cartón-piedra.

El depuesto presidente del gobierno de Cataluña, aún perseguido por la justicia, ha instituido de la forma más extravagante y gris la payasada 3.0 y, lo más grave, le ha pretendido dar categoría de acción de Estado: un país extranjero transformado en un gigantesco set de televisión del que es casi imposible escapar, una ciudad que se llena de extras para contribuir en algún modo al espectáculo y buscar que no termine, como si la vida le fuera en ello al sedicioso que alcanzó Bruselas tras una huída cinematográfica vía Marsella.

Hace ya casi una década el psiquiatra Joel Gold reveló que cinco de sus pacientes creían vivir en un show televisivo, y bautizó a esta patología como “el delirio del show de Truman”. Señaló incluso que algunos de ellos eran felices con su síndrome mientras otros estaban profundamente atormentados. Uno hasta escaló la Estatua de la Libertad pensando que, como parte de la función, ¡se reuniría con su antigua novia del instituto! No parece que vaya a tener tiempo el que fuera en otros tiempos pelele de las CUP para hacer madurar o empeorar esos signos tan preocupantes que está mostrando, y que le hacen confundir la ficción con la realidad, el entretenimiento con la política. Pero, sin embargo, y a diferencia de aquella cinta dirigida con mano maestra por Peter Weir, a este rodaje no hay quien le vea el fuste. Porque no es lo mismo caer en gracia que ser gracioso, o que hacérselo. Y el triste Puigdemont, ni lo uno ni lo otro.

Hay un momento de la galardonada producción en la que Carrey repite su muletilla (“por si no nos vemos, ¡buenos días, buenas tardes y buenas noches!”) y, haciendo una reverencia frente a la cámara, bajo el fundido de los focos, atraviesa la puerta hacia ‘el mundo verdadero’ ante la celebración de los telespectadores. Y ése es aquí el quid. Pero, ¡ay, amigo! El umbral que debe atravesar Puigdemont es el que le devuelve al otro lado de los Pirineos, el que le sitúa frente a los jueces y tal vez entre barrotes, el que pone fin a su burla, a su locura, a su chantaje y a su juego. Show must not go on, Carles.

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