CAT: el empate envenenado

CAT: el empate envenenado

“La situación es preocupante”. ¡Y lo dice Artur Mas! Lo verdaderamente grave llegará, no obstante, si no se sale del atolladero como consecuencia del veredicto de las urnas el 21-D. Porque es claro, con algunas reservas, que las certezas en la deriva de la crisis de Cataluña son numerosas, pero los interrogantes no son pocos ni menores, como ocurre en las encrucijadas distinguidas por su complejidad. Y ésta lo es.

Los cabecillas del golpe pagarán por sus fechorías. Sin duda. Estén hoy ingresados en prisión preventiva, hayan estado a medio centímetro de dar con sus huesos en una celda y se hayan salvado sobre la bocina apelando a su cobardía, o hayan actuado análogamente como gallinas poniendo tierra de por medio para buscar cobijo entre los flamencos, en medio de la bruma y los bosques belgas. La justicia es implacable y los signos de gravísimos delitos son aplastantes. Sólo hace falta tiempo para poner las cosas en su sitio: multas, penas, inhabilitaciones… y privaciones varias de libertad ya sin carácter provisional y, por el contrario, sin marcha atrás ni polémicas estériles. Pero, más allá de esta seguridad y esta tranquilidad, políticamente, ¿qué?

Varias tendencias se abren paso en un horizonte en el que las esteladas no han sido borradas ni apartadas —y no lo serán en semanas—. Desde luego, a Colau-Podemos les ha salido el tiro por la culata: han jugado la carta de no abrazar de forma flagrante los actos de sedición, malversación, prevaricación y desobediencia, asestando mandobles impostados y aparatosos a Rajoy-Rivera-Sánchez, sobreactuando, y están terminando de convertirse en una fuerza dividida internamente y demoscópicamente marginal. Tres cuartas partes se pueden predicar de las CUP: el órdago radical a lo bestia, jugando con la figura triste y plomiza de Puigdemont, parece conducirles al sitio en el que casi siempre estuvieron —la minoría minoritaria—, mientras inflaban su representación con propaganda averiada y de mercadillo de segunda mano. Tampoco ‘Juntos por Cataluña’ se sitúa en disposición de hacer explotar en las urnas su victimismo de todo a cien y, a estas alturas de la película, evitar el hundimiento como mal menor poco puede valer para reconfortar y menos para redimir a las disolutas y desperdigadas tropas del depuesto y ambulante presidente de Cataluña. ¿Y entonces?

Pues entonces, ante el empuje incontestable de ERC, el quid es si el previsible empate del bloque independentista con la terna Ciudadanos-PSC-PP servirá de algo. Y una vez más, y van demasiadas tal vez en nuestra reciente historia, el semiescondido Pedro Sánchez tendrá la llave y manejará la disyuntiva. No deberá decidir si conduce a su partido con paso firme a postularse como una alternativa creíble al gobierno de la nación o, por el contrario, lo mantiene instalado en su política tacticista de regate corto y cortos plazos. No. Deberá fijar, irremisiblemente, si en el horizonte medio, y con luces largas, quiere ser parte de la solución a la crisis catalana apoyando sin fisuras la alternativa constitucionalista o, por el contrario, quiere comprar el falaz y calumnioso mensaje-basura según el cual los que defienden los derechos de todos en esa hermosa región de España son ‘la derecha extrema’. ¿Y saben qué es lo peor? Que con ‘el renacido’… siempre hay dudas.

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