Opinión

El ‘caso Piqué’ como síntoma de la imbecilidad nacional

Piqué
Gerard Piqué en una rueda de prensa. (Foto: Juanma Yela)
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Gerard Piqué es un excelente jugador de fútbol con no menos excelente segundo apellido, Bernabéu. Aunque por motivos más nocturnos que diurnos su decadencia se está acelerando exponencialmente, continúa siendo uno de los mejores centrales del mundo. Una decadencia impropia de alguien que tan sólo tiene 30 años, la edad en la que un profesional del balón llega al cenit compensando la menor aptitud física con una mayor actitud, consecuencia de esa experiencia a la que los sabios se refieren como “la madre de la ciencia”. El barcelonés es un “pato cojo”, que es como se denomina a los presidentes estadounidenses en su último mandato. Gente con mucha pompa y no menos boato pero poco poder real toda vez que su The end está a la vuelta de la esquina. Tal vez es ese estatus de pato cojo el que lleva a Piqué a ser el niño en el bautizo, el novio en la boda y el muerto en el entierro. Aunque podría vivir de las rentas el resto de su vida, o no, porque no es precisamente el mejor administrador del planeta, es consciente de que no se debe jubilar a los treinta y tantos años, que no puede dedicar los 50 años que le queden de vida a ejercer de “supervisor de nubes” al más puro estilo zapateril. Su madre, una reputada neuróloga, le recuerda con más cariño que acierto (al modo de los consejeros de los emperadores romanos) que es mortal.

Es por eso por lo que se dedica a dar la nota día sí, día también. Su objetivo es ser, más pronto que tarde, presidente del Fútbol Club Barcelona, entidad que su abuelo, el gran Amador Bernabéu, vicepresidió en tiempos de José Luis Núñez. Hay quien va más allá y conecta su politiquería barata con un desafío aún más potente: la Presidencia de la Generalitat en forma de República Catalana. Sea lo primero, resulte lo segundo, estemos hablando de churras, lo estemos haciendo de merinas, lo cierto es que este sujeto no da puntada sin hilo. No es un tipo inteligente, más que nada porque no tuvo tiempo de desarrollar la pelota de arriba al abandonar los estudios muy pronto, pero sí listo, listillo más bien. Y éste ni da puntada sin hilo ni pone patas arriba España cada vez que le sale del bolo porque sí. Está todo estudiado y requeteestudiado. Sea como fuere, que Dios pille confesados a los socios del Barça o a sus conciudadanos si el niñato del número 3 preside la institución deportiva más importante de Cataluña y no digamos si lo que le cae en suerte es la mismísima Generalitat. Todas las peripecias de ex futbolistas al frente de entidades deportivas o metidos en cuitas políticas salieron entre mal y peor.

Así como no veo a un directivo del Real Madrid o del Barcelona metiéndose a jugar en el primer equipo, es obvio que Dios no llamó por el camino de la gestión ni de la política a un chico licenciado en la nada. Dicho todo lo cual, desarrollado el preámbulo, iré al fondo. A lo que realmente representa el caso Piqué, que no es sino perfecta metáfora de esa España sin pulso que tan bien sintetizó Silvela en su celebérrimo discurso a cuenta de la crisis del 98. Piqué Bernabéu tiene todo el derecho del mundo a beber los vientos por la independencia de Cataluña o, si fuera el caso, a ser gilipollas, mediopensionista o hare krishna. Pero ese derecho va indisolublemente asociado a una obligación: la de la coherencia. Si uno es separatista, no puede ni debe jugar en la Selección Española. Lo mismo que si a uno le da por el veganismo no sería muy normal verle meterse un chuletón de esos que cocinan en Etxebarri y que invitan a la gula más desaforada. Tampoco imagino yo a un antitaurino ondeando su pañuelo tras una de esas monumentales faenas que ejecuta un marciano llamado José Tomás. La incoherencia infinita del personaje contrasta con la sinceridad de un tipo que sí se vistió por los pies: Oleguer Presas, defensa del Fútbol Club Barcelona en la era Guardiola. Le convocó Luis Aragonés, allá que se presentó él y acá lo que espetó al míster: “Se lo agradezco pero me tengo que volver, soy independentista y no siento estos colores”. El sabio más sabio que ha dado nunca Hortaleza, que era más españolazo que el Cid y más de derechas que Fraga y Aznar juntos, le dio un abrazo fraternal, le agradeció su hombría de bien y le anticipó que nunca olvidaría su gesto.

La diferencia entre Piqué y Oleguer es que el segundo nunca se pronunció públicamente. De haberlo hecho, Luis Aragonés jamás le hubiera metido en una lista. Por eso no entiendo la contumacia en el error que se está cometiendo con el hombre que comparte el centro de la zaga con un Sergio Ramos que sí es un monumento a la coherencia: va a La Roja porque se siente tan español como el que más. Y si no fuera así, no iría, más que nada, porque este tío tiene pudor ético y moral. Cuando Piqué Bernabéu inició sus chulerías y sus desplantes, tendrían que haberle dado un toque en forma de aviso a navegantes: “Primera y última”. Y a la segunda, aplicar a machamartillo ese tan sabio refrán español que sostiene que “el mejor desprecio es no hacer aprecio”. Bastaba con no llamarle más. Y aquí paz y después gloria. “Cuestiones técnicas”, era la respuesta de manual de la que debería haber echado mano Del Bosque en su día o Lopetegui ahora. El debate hubiera durado 48 horas, todo dios se hubiera olvidado de Piqué Bernabéu y sanseacabó. Si este individuo con menos madurez que mi hijo de 10 años carece de coherencia, que al menos la tenga el seleccionador. Y que no me vengan con el cuento chino de que se cita a este llorica porque no hay buenos centrales en España. Ahí van cinco nombres que defenderían el puesto con tantas o más garantías que él y, desde luego, con infinita más convicción: Bartra, Nacho, Diego Llorente, Íñigo Martínez, mi paisano Javi Martínez o el polivalente Marcos Alonso.

Que nadie se equivoque. Si Piqué Bernabéu insiste en pasarse por el forro de sus collons el más elemental sentido de congruencia es porque su primera patria no es Cataluña, ni Suiza, ni obviamente España, sino una cuya bandera tiene un color morado. Sí, señores, la nación de Piqué Bernabéu son los billetes de 500 euros. Para la butxaca de un futbolista no es lo mismo jugar con el equipo nacional que no hacerlo. Y no sólo por las primas, que también, sino porque Nike (que es quien calza a este sujeto) y sus demás patrocinadores no le astillan lo mismo si va al Mundial que si no va. He aquí la madre del cordero. Lo cual demuestra el cinismo sideral de un tío que se permitió el lujo de recriminar al mismísimo presidente del Gobierno su ínfimo nivel de inglés. Hace falta ser osado y desvergonzado para meterte con Mariano Rajoy cuando tú no eres precisamente Shakespeare, cuando intelectualmente eres un don nadie y la persona a la que acabas de descalificar es nada más y nada menos que ¡¡¡registrador de la Propiedad!!!

La primera vez que lió la mundial a cuenta de su presunto independentismo la culpa era de Piqué. Desde la segunda y hasta la fecha, y entre medias ha habido hasta peinetas al himno nacional, el responsable se resume en cuatro palabras: Real Federación Española de Fútbol. Quizá, quién sabe, estaban más preocupados en hacer el egipcio que en poner orden en casa. Lo de Piqué Bernabéu no es de aquí ni de ahora sino de hace al menos seis años cuando en el túnel de vestuarios del estadio que lleva su segundo apellido soltó a los madridistas una chulería propia de una mente infantil pero que lo dice todo: “¡Españolitos, ya os hemos ganado vuestra Liga española, que os den; ahora os vamos a ganar la Copa de vuestro Rey!”. Afortunadamente, José Mourinho le metió la Copa del Rey de todos por donde le cupo con un magnífico testarazo de Cristiano Ronaldo.

Me sonrojan las demandas de los últimos días de políticos y barandas deportivos solicitando que no se pite a Piqué Bernabéu. Son inmejorable compendio de un país antaño valiente y hoy día acongojado, abobado, buenista y mierda. ¿Cómo reaccionaría usted si invita a alguien a cenar a su casa y, de repente, le suelta que “la comida es una mierda”? ¿Le daría un abrazo fraternal, apelaría al Peace&Love de los hippies o le acompañaría a la salida no sin antes rogarle que le olvide hasta el día del Juicio Final? Con los intolerantes hay que ser intolerantes y con los incoherentes hay que actuar con coherencia. Elemental. Cada día que pase Piqué acumulando internacionalidades, España se seguirá destruyendo un poquito. Un país serio no permite que se mofen de sus símbolos. Una nación como Dios manda no consiente que le representen quienes quieren destruirla. ¿Se imaginan a un californiano que defiende la independencia de su estado en el dream team estadounidense que acude a Mundiales de Baloncesto y Olimpiadas? ¿O a un corso que pone sistemáticamente a parir a Francia vistiendo la camiseta azul de Francia? ¿O a un lombardo que quiere partir en dos la bota italiana para no tener que mantener al Sur siendo convocado por la Squadra Azzurra? Yo, no, porque es física y metafísicamente imposible. Cómo serán las cosas que cuando a unos franceses de ascendencia tunecina les dio por pitar La Marsellesa, Sarkozy resolvió el asunto legislando. Que es como se resuelven estas cosas en democracia. Estableció que cada vez que se silbase el himno se parase e incluso suspendiera el partido. Y, qué cosas, nunca más se repitió la afrenta. Aquí se abronca cada vez que el Barça disputa una final de la Copa del Rey y seguimos poniendo la otra mejilla como sólo saben hacerlo los masoquistas enfermizos.

En España la magia de la autodestrucción convierte en una realidad lo que sería impensable en países del Tercer Mundo que acumulan más motivos para la vergüenza que para el orgullo nacional. Ayer vimos en Madrid y hoy contemplaremos en Barcelona que España empieza a ponerse las pilas. Espero, confío y deseo, además de encomendarme a todo el santoral, que hagamos del nuestro un país con ORGULLO de una puñetera vez. Que ya va siendo hora. Los ciudadanos nos han puesto deberes: el primero de ellos hacer el bien a ese prójimo que es Piqué Bernabéu. Y qué mejor manera de cumplir estos deseos que impidiendo que nuestro protagonista vuelva a pasar malos ratos, a indigestarse y a deprimirse vistiendo los colores rojo y gualda. ¡Adéu, Gerard!

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