Opinión

Seamos claros: aman a Otegi y detestan a Miguel Ángel Blanco

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La gran conclusión de toda esta semana de recuerdo a uno de los grandes héroes de nuestra democracia es cómo hemos cambiado. A peor, obviamente. Nuestra sociedad es notablemente más pobre en términos morales que la que hace 20 años, en el verano de 1997, se echó a la calle en toda España como nunca antes para exigir a la banda terrorista ETA que pusiera en libertad a Miguel Ángel Blanco. Un Miguel Ángel Blanco al que habían secuestrado como simple venganza, en aplicación de las leyes mafiosas que imperan en ese imperio del mal. Vendetta por haber conseguido liberar sano y salvo a José Antonio Ortega Lara tras 532 días y 532 noches encerrado en un zulo de dos por uno a cinco metros bajo tierra. Así se las gastaban estos hijoputas cuya trayectoria sanguinaria algunos indeseables quieren borrar de la memoria histórica y del imaginario colectivo. Al punto que escuchando a todas estas hienas parece como si ETA nunca hubiera existido o, al menos, como si fueran mejores de lo malísimos en todos los órdenes que realmente fueron. Mientras unos reescriben la historia otros nos dedicamos a recordarla parafraseando a Cicerón: “Los pueblos que la olvidan están condenados a repetirla”.

Y también forma parte ya del peor de nuestros acervos una maldad que parece inevitablemente acomodada en una parte sustancial de nuestra clase política. Antes había unos políticos razonables, otros menos razonables; unos más fanáticos, otros menos; unos incontrovertiblemente sectarios y otros indiscutiblemente moderados. Pero lo que nunca se vio en nuestra res publica fue maldad, mejor dicho, MALDAD con mayúsculas, exceptuando a esos etarras de Batasuna y sus satélites, algunos de ellos incluso en Cataluña. Es el caso de un Josep Lluís Carod-Rovira, que no dudó en reunirse en la localidad francesa de Perpiñán con el MAL a espaldas de su entonces jefe, Pasqual Maragall. Allí acudían antaño nuestros padres a deleitarse con películas subidas de tono cuando no directamente porno. Y allí que se presentó el a la sazón número 2 del Gobierno de Cataluña para celebrar un encuentro con la cúpula (los multiasesinos Josu Ternera y Mikel Antza) de la banda terrorista, que por aquel entonces acumulaba en su historial cerca de 900 víctimas mortales, el cuádruple o el quíntuple de huérfanos y viudas, decenas de secuestrados, miles de heridos, mutilados o quemados, decenas de miles de extorsionados y 250.000 exiliados. La petición del pájaro Carod-Rovira habla por sí sola: “No atentéis en Cataluña”.

La maldad al cubo ha presidido la política española en general y la de Podemos en particular en vísperas del vigésimo aniversario de ese 12 de julio que quedó incrustado a sangre y fuego en nuestro imaginario. Ese 12 de julio en el que todos los que teníamos uso de razón recordamos dónde nos encontrábamos. Ese 12 de julio en el que un terrorista al que espero Satanás acoja en su gloria a la mayor brevedad posible descerrajó dos tiros a cañón tocante a un concejal de Ermua cuyo salario era de 2,3 euros por Pleno. Miguel Ángel Blanco sobrevivió unas horas en estado comatoso porque el tal Txapote le disparó dos balas de pequeño calibre con un diabólico objetivo: que expirase poco a poco. Que sufriera. Mejor dicho, que sufrieran él y los suyos, que durante un breve lapso de tiempo se aferraron a la idea de que podía salir adelante por el mero hecho de que el óbito no se había producido.

Lo más heavy de todo ha sido, como no podía ser de otra manera, la actitud repugnante y repulsiva de Podemos. Lo esperado en una formación cuyo líder daba mítines con proetarras en herriko tabernas. Lo habitual en un Pablo Iglesias que, según el periodista Fernando Lázaro, era el enlace en Madrid de Herrira, la asociación que agrupa a las ratas etarras encarceladas. Lo normal en una formación política que está de uñas desde hace una semana cuando su amiga y no menos generosa dictadura venezolana sacó de la cárcel a Leopoldo López para, acto seguido, recluirlo en la jaula de oro que es su vivienda de Caracas. No nos engañemos: si por ellos fuera, lo hubieran dejado tres años más en el presidio tercermundista de Ramo Verde. Tres o 30…

Podemos ha negado calles y placas conmemorativas a Miguel Ángel Blanco, secuestrado y asesinado en 48 horrorosas horas. Y lo ha hecho de norte a sur y de este a oeste. Para empezar, en La Tacita de Plata de ese Kichi que perdió las elecciones pero gobierna gracias a los votos del PSOE. Y para terminar, en la Barcelona de Ada Colau, ciudad maravillosa en la que se han bautizado calles con nombres tan alucinantes como “Movimiento Obrero”, “Olimpiada Popular” o “Sabino Arana”. Hay placa para el racista fundador del Partido Nacionalista Vasco (PNV) pero no para un Miguel Ángel Blanco que representa lo mejor de lo mejor de nuestra convivencia en libertad.  Tan o más grave es la actitud del Ayuntamiento de Madrid que ha hecho un tres en uno: “No” a la calle, “no” al homenaje y “nones” también a la pancarta con el rostro del gran demócrata de Ermua en la fachada del Palacio de Cibeles, sede de la soberanía local en la capital de España.

Lo cual tiene bemoles si tenemos en cuenta que en ese mismo lugar luce desde hace dos años una cochambrosa pancarta con un lema que todos secundamos pero que, sobra decirlo, representa menos para los ciudadanos de Madrid que Miguel Ángel Blanco: “Welcome refugees [Bienvenidos refugiados]”. La simbología de un hombre que sacó a las calles de Madrid a cerca de 2 millones de personas es entre 100 y 200 veces superior. Como todas las comparaciones son odiosas, y algunas escandalosas, yo simplemente me cuestiono en voz alta: ¿por qué sí los refugiados, el Día del Orgullo Gay o la bandera de los indígenas bolivianos, lo cual me parece muy bien, y no el hijo de Miguel Blanco y Consuelo Garrido? Nada nuevo bajo el sol en una Manuela Carmena que siendo magistrada excarcelaba etarras prevaliéndose de las más fatuas excusas. Uno de los terroristas que pasó por sus manos quedó en libertad con una excusa de mal pagador que sería para reír si el asunto que estamos tratando no fuera para llorar: “Padece varices esofágicas [sic]”. Varices esofágicas que no le impidieron secuestrar al directivo del Athletic de Bilbao Juan Pedro Guzmán. Varices esofágicas de las que se descojonó literalmente semanas después de la gracia carmenita cuando juró y perjuró que no se arrepentía de nada y que se sentía orgulloso de pertenecer a ETA.

Mención aparte merece el malnacido de Pablo Hasél, el rapero santo y seña del movimiento podemita. El íntimo del sin vergüenza fiscal de Monedero ha acusado a Marimar Blanco de servirse del homenaje a su hermano para “insultar a las víctimas del fascismo”. ¿Se puede ser más gentuza? La verdad es que sí. El Hasél de hace dos semanas se superó a sí mismo: “Muchos temporeros durmiendo al raso están en peores condiciones que Ortega Lara… y sin haber sido carceleros torturadores”. Me pregunto yo si este nearndental suscribiría semejante animalada si lo metieran 532 días en un agujero de 3×2 cinco metros bajo tierra.

Lo de algunos socialistas tiene tela. Éstos no odian a Miguel Ángel Blanco como los podemitas. Entre otras razones, porque muchos compañeros dieron su vida en defensa de la libertad y el Estado de Derecho. ETA segó la vida de gentes como Enrique Casas, Paco Tomás y Valiente, Ernest Lluch, Juan Mari Jauregi y tantos y tantos otros. La explicación es más prosaica: o constituyen la excepción que confirma la regla de un PSOE coherente en esta materia, o son tontos o les puede su odio al PP. Como el miedo, la tontuna y el sectarismo son libres. Lo del PSOE de Lasarte es de expulsión inmediata. En primavera se negaron a condenar el asesinato de Froilán Elespe, ex vicealcalde ¡¡¡socialista!!! de un municipio llamado ¡¡¡Lasarte!!! El colmo de la ignominia habría de llegar este martes cuando también despreciaron pasivamente una moción que censura el terrorismo de ETA en general y rinde homenaje al muchacho que se metió en política en territorio comanche aun a sabiendas de que, como desgraciadamente sucedió, le podía costar la vida misma.

En este asunto no caben medias tintas: o estás con Miguel Ángel Blanco, que es tanto como decir con la libertad, la democracia y el Estado de Derecho, o estás con sus victimarios. Cuando el dilema es la vida o la muerte, la libertad o la dictadura, la riqueza o la pobreza, el cumplimiento de la ley o la ilegalidad, el maniqueísmo es de obligado cumplimiento. Los que no están con Miguel Ángel Blanco se ponen, voluntaria o involuntariamente, del lado de sus verdugos.

Es lo que acontece con Pablenin, que ama desaforadamente a un Otegi al que definió como “el artífice de la paz en el País Vasco”. Manda huevos pues si ALGUIEN fue artífice de la paz en Euskadi es Miguel Ángel Blanco, cuya terrible peripecia provocó el nacimiento del Espíritu de Ermua, el verdadero tic-tac de los sicarios. El político de los piños color carbón olvida, además, que el que también define al estilo zapateriano como “hombre de paz” es un terrorista convicto y confeso que participó en el secuestro del ucedista y luego popular Javier Rupérez, en el intento de asesinato del padre de la Constitución Gabriel Cisneros y que hará cosa de un lustro fue condenado y encarcelado en su condición de “dirigente de organización terrorista”. Si este tipejo es un “hombre de paz”, yo soy virgen, cura o marciano. Que dejen de tomarnos por gilipollas con sus increíbles explicaciones y rindan homenaje a ALGUIEN que era mucho mejor ética y moralmente no sólo que ellos, eso es fácil, sino que el 99% de la clase política patria. Todos somos Miguel Ángel Blanco por mucho que algunos intenten manchar su recuerdo y apagar una llama, la suya, que es eterna. Ahí les duele a los totalitarios.

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