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La quinta columna de Puigdemont es Podemos

La quinta columna de Puigdemont es Podemos
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Podemos y los golpistas utilizaron la casa consistorial de todos los madrileños para estrechar sus lazos políticos. Más que una conferencia sobre independentismo, fue un encuentro entre los radicales de uno y otro lado del Ebro. Manuela Carmena puso la sede y su jefe, Pablo Iglesias, las directrices. No obstante, el secretario general de los morados entró a hurtadillas y por la puerta de atrás para evitar el abucheo de los ciudadanos. Síntoma de que, aunque ahora enarbole la “patria española” en sus mítines, es el líder de la quinta columna del independentismo en sede parlamentaria. Centro de esa soberanía nacional donde Carles Puigdemont y Oriol Junqueras se niegan a comparecer por falta de proyecto real y miedo a los mecanismos de la democracia. 

Ellos prefieren la amenaza al argumento: “Habrá referéndum aunque haya querellas y condenas”, dijo el vicepresidente de la Generalitat. El sempiterno victimismo de los independentistas catalanes jalona sus discursos desde los muy lucrativos —y opacos— tiempos de Jordi Pujol y el 3%. Amenazas que, por otra parte, chocarán una y otra vez contra la Constitución si los partidos políticos que integran el arco parlamentario se muestran firmes ante el chantaje de aquéllos que quieren romper España. Resulta evidente que el Estado no puede contar con Podemos para esta misión. La connivencia entre morados y secesionistas es indisimulable. De ahí que no fuera extraño encontrar en el Palacio de Cibeles a ínclitos como Juan Carlos Monedero, Xavier Domènech o Gerardo Pisarello. Flor y nata de la política fútil, construida con razones de cartón piedra. 

Los falsos padres de la patria catalana olvidaron explicar cómo piensan articular su proyecto si deben 77.500 millones de euros a las arcas públicas. Tampoco dijeron ni palabra de los 9.500 millones que tendrán que devolver al Estado durante el próximo año y medio debido a los préstamos del Fondo de Liquidez Autonómico (FLA). Fue, como cabía esperar, una reverberación de argumentos oídos con anterioridad: “El Gobierno no tiene tanto poder como para parar tanta democracia”. Mantra sobre mantra hasta el fracaso final, único destino que aguarda tanto a Puigdemont como al resto de promotores de esta deriva a ninguna parte cuyo objetivo principal es esconder la ruina gestora que carcome Cataluña.

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