Opinión

La indignidad moral de una sociedad

La indignidad moral de una sociedad
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No recuerdo en que vídeo vi el otro día un espectáculo repugnante. Por suerte, aquéllos que aparecían en él no me tienen de Fiscal. Entre vítores, aplausos y un “paseíllo” en el centro de San Sebastián, un nutrido grupo de filo violentos recibieron a un ex recluso de ETA. Aitor Olaizola abandonó la cárcel tras pasar los últimos seis años entre rejas por pertenecer a la banda terrorista. Tras su salida, y engullido de una enorme chulería insultante, semejante alimaña fue homenajeada por docenas de personas que se aglomeraron a ambos lados de una calle del Casco Antiguo de Donosti. Semejante sabandija, Aitor Olaizola, condenado en 2010 por la Audiencia Nacional a seis años de cárcel por pertenecer a ETA, fue entronado. Su penuria moral putrefacta no impidió, en una de las ciudades más bonitas del mundo, pero infecta de especímenes indeseables, que el exrecluso fuera recibido este martes como un héroe por la multitud, que aprovechó la ocasión para realizar cánticos a favor del acercamiento de los presos terroristas al País Vasco.

Aunque real, es muy fácil trazar las miras hacia aquellos que directamente provocaron oleadas de pena y sufrimientos por sus atrocidades. Pero tal miserable y sus acólitos no actuaron solos. Impusieron su miedo vil, bellaco y despreciable con la complicidad de parte de la sociedad vasca, indubitadamente adjetivada de la misma forma. Y el devenir de los tiempos y su caverna oscura obligaba a la otra parte, aquella que mantuvo la frente erguida y la moral lustrosa, a enterrar a sus muertos, a nuestros muertos, de forma oculta, escondida y de forma casi culposa. El homenaje del otro día es un ejemplo de indignidad moral. En su esencia, la indignidad es el antivalor. Es la máxima capacidad de conseguir que el ser humano se deshumanice y se degrade. A aquellos que lo practican, de forma directa o indirecta, por comisión o por omisión, los hace merecedores del desprecio, de la náusea y del vómito. Ante la indignidad de una sociedad educada en el odio solo cabe el rechazo por parte de aquellos que entendemos una sociedad distinta, pero sobre todo el castigo de la fuerza moral, la determinación desde la verdad, la justicia y la memoria.

Una parte de la sociedad vasca ataca desde su envenenado convencimiento las bases sobre las que construimos nuestra convivencia Y lo hace ensalzando el cobarde y ruin asesinato, enalteciendo a aquellos que acabaron con las vidas de casi mil inocentes y fomentando lo peor del ser humano. Y cómplice de esa porción de la sociedad infecta se encuentra la parte emponzoñada de cierta “clase política”. Los coqueteos de una “facción” del socialismo vasco con los filo violentos, la hipócrita y farisaica actitud del PNV y por supuesto la ruin y despreciable actitud de Podemos, que llega a justificar el atentado contra dos guardias civiles y sus parejas por parte de un grupo de energúmenos, son un ejemplo de semejante degradación moral. Y frente a lo anterior tenemos el antídoto. El ejemplo de la dignidad y la preeminencia moral de las víctimas. Son aquellas que han dado su salud, su integridad y en muchos casos su vida. Su actitud nos produce orgullo y ejemplo, frente a la profunda tristeza e inmenso asco hacia aquellos que han conseguido subvertir las normas del Estado de Derecho y que en cualquier ocasión se posicionan junto a los que delinquiendo, las infringen.

Es obligado reiterarlo. No existió jamás un conflicto entre iguales en el País Vasco y Navarra, por mucho que los indignos moralmente y siempre apoyados por los amigos de los asesinos terroristas de ETA insistan en lo contrario. Aquellos que homenajearon al asesino deben saber, y por lo menos yo se lo digo, que solo existió una agresión cobarde de asesinos contra la Guardia Civil, policías nacionales, policías municipales y policías autonómicos, militares y ciudadanos españoles. Que reflexione gran parte de la sociedad vasca. Para una gran parte de ella ha sido muy fácil mirar hacia otro lado. Pero como dijo Sir Francis Bacon: “Quien no quiere pensar es un fanático; quien no puede pensar, es un idiota; quien no osa pensar es un cobarde”.

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