Opinión

CAT 2017: un pollo sin cabeza

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¡Vaya tropa! Se las prometían felices corriendo al grito de “español el último” pero ya están empezando a admitir que han dado demasiado hilo a la cometa del delirio soberanista, y será imposible recogerlo sin que se note y muy difícil producir esa maniobra sin generar en paralelo un ridículo espantoso. ¡Ahí están! La banda separatista —demasiado tiempo desafinando— con Puigdemont, Junqueras y las siempre asilvestradas CUP, sin dar pie con bola. Porque en realidad no todos van a una. Al contrario, cada uno va a la suya. ¡Y así les luce el pelo!

En este caso, es lo que parece. El movimiento separatista camina como pollo sin cabeza: desorientado, sin equilibrio, con torpeza, sin rumbo. Así, empieza a asumirse en los cenáculos más radicales que la consagración del referéndum será ciencia ficción. Así, los otrora chicos de CiU murmuran en clave de una Cataluña no independiente sino superautonómica (“ooohhhh”). Así, el todavía molt honorable president enfila una recta que podría terminar en precipicio, emulando y sucediendo al shaheed Artur Mas como un decadente y derrotado epígono: otro mártir inútil para una causa perdida, promovida contra el interés general y conducida por peripatéticos vericuetos con resultados demoledores para las arcas públicas.

Pero, con todo, esta crónica de un fracaso tremebundo retransmitido en vivo y en directo no es lo más grave. Lo que es de aurora boreal es que en plena carrera para salir de la crisis social —y en algunos casos hasta humanitaria— para centenares de miles de catalanes, no pocos de sus politicastros estén entregados a estudiar de forma sesuda de qué forma pueden circunvalar los delitos de prevaricación o sedición si al fin —no parece ser el caso, no tendrán lo que hay que tener— consuman su rotundamente subversiva y rematadamente loca “consulta ciudadana”.

Aún más. Adquiere tintes de entero bochorno que altos y medios funcionarios que sirven al Estado español desde una de sus regiones dediquen sus esfuerzos y su tiempo a actividades tales como diseñar una Hacienda propia, o planificar un Ejército autónomo o trazar las líneas maestras de lo que sería la flamante Constitución de una Nueva República que esperaría contar con las bendiciones internacionales, pero que terminaría estrellada al instante en el muro del aislamiento y de la marginalidad internacional adquiriendo la categoría de paria.

Como en la fábula del escorpión y la tortuga, es determinante que quienes creemos en que la democracia se funda en el respeto a la ley no nos dejemos seducir o embaucar o enredar por las maniobras arteras y pintureras de los separatistas: va en su naturaleza picar y azuzar el dolor aun a costa de sus propios perjuicios. Dejemos que se hundan en el río de su onanista ideología manteniendo, a salvo desde la orilla, la integridad de nuestra nación y nuestra propia dignidad como españoles.

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