Opinión

La dictadura del proletario Garzón

La dictadura del proletario Garzón
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Para Alberto Garzón, la dictadura del proletariado no es otra cosa que la democracia anacrónica, una modernidad del diecinueve. Pertenece a esa izquierda atávica y rancia, causante de que se repitan los mismos esquemas de siempre ante situaciones similares. Suele ocurrir cuando no se cree en nada salvo en la propia supervivencia y en la mentira como forma de Estado. El irredento comunista aviva cada día con sonrisa leninista el fuego constante de opresores y oprimidos. Sabe que su rédito de supervivencia política depende de ello.

Dice el jefe de esa izquierda hundida en Podemos que el capitalismo ha quebrado. No. Lo que ha quebrado es una manera de hacer política, lo que ha quebrado es un modelo económico reconocible en planes quinquenales y planificación del individuo, lo que ha quebrado es una ideología causante de las mayores masacres del siglo XX, lo que ha quebrado es una forma de entender el mundo que se acabó hace veinte años con el derribo —no fue caída, pues no se cayó sólo— del muro de Berlín. Eso es lo que ha quebrado y parece que el político Garzón, el negociador Zapatero, los sindicatos y cierta izquierda no han asumido todavía. Aún es más curioso observar a aquellos que no vivieron la revolución de mayo del 68 aferrándose a los lemas, mensajes y principios que allí se proclamaron, instaurando en Occidente un relativismo de nuevo cuño pernicioso para la libertad y la prosperidad. De aquella tesis relativista recogemos hoy los frutos de una sociedad desnaturalizada, sin pilares morales ni valores a los que sujetarnos. Defienden, como digo, algo que no conocieron salvo por imágenes y melancolía pseudoromántica. No toda esquina de París fue un canto a la libertad. Ningún gobierno, sin embargo, ni partido político al frente de él o en la oposición, debería actuar desde la trasnochada creencia de que aún asistimos a la lucha de clases marxista, al toma y daca empresario-trabajador y a una concepción anacrónica de despotismo ilustrado.

La generación de intelectuales, políticos y ciudadanos que prefieren celebrar hitos como el derribo del Muro, símbolo del yugo comunista y último escollo material que separaba dicho modelo totalitario de sociedad del sistema racional y libre de Occidente, debe ser más escuchada y mejor entendida y atendida que los “garzón” de hogaño, que sin conocer el 68, ni el 75, ni el 36, parecen vivir en tiempos pretéritos de oscuridad y ceniza. Porque para ellos, el 89 significó la caída —esta vez sí— de una forma de entender el mundo, de una utopía liberticida pero en la que se encontrarían cómodos, de una canallada humana que aún hoy admite residuos en algunos países. Para esta horda de jóvenes rebeldes de la izquierda más radical e irremediable, lo fácil es vivir en una sociedad libre, regida por los principios capitalistas y de libre mercado, beneficiándose de un Estado de Derecho y de una democracia consolidada mientras cantan loas a regímenes corruptos, tiránicos y déspotas. Hacen buena, grande y perpetua aquella frase inmortalizada por Groucho Marx sobre la mutación de los principios.

Por eso me gusta escuchar más a la generación del 68 que a la del 89. Una, habla, piensa y actúa con conocimiento de causa, ya que nació y vivió bajo regímenes totalitarios y en sociedades nada abiertas. La otra, amparada por el sectarismo, el rencor y la manipulación común a la izquierda buenista, esa que trabaja con el paraguas y la red moral del “todo vale”, nació y vive en democracia, y sin embargo, siente nostalgia del comunismo de antaño, recuerda cada día la igualdad manifiestamente siniestra del socialismo de siempre —esa que causó cien millones de muertos en un siglo— y lucha y trabaja para que la dictadura del proletariado sea por fin un hecho, pero sólo en su primer término, ya que del segundo, sólo conviene usar y abusar. Esta es la “generación ¿?” La que no tiene banderas, dioses ni religiones. Porque sus, dioses, banderas y religiones no tienen cuerpo, tejido ni alma. No extraña, pues, que vaguen sin cesar como espíritus en penumbra sin más oficio ni beneficio que sus propias miserias morales, que no materiales.

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