Opinión

¡América, América!

Irrumpe en nuestras vidas 2017. Cuando entramos en un nuevo año, los economistas sentimos fascinación por hacer cábalas acerca del crecimiento económico. Los años recientes han sido poco optimistas y al encarar el ejercicio 2017 uno muestra sus cautelas. El mundo crecerá. Las previsiones apuntan a que el producto interior bruto en 2017 acelere su paso a un ritmo del 3,4%.

En esa estimación de crecimiento —me baso en las previsiones de la Comisión Europea— hemos de distinguir entre los países desarrollados, cuyas economías progresarán al 1,8% y los países emergentes, cuyo paso económico avanzará al 4,7%. Grandes diferencias, pues.

Hablemos de Estados Unidos: la economía norteamericana influye en el mundo occidental y en el oriental, de esta a oeste y de norte a sur. Aun cuando nos resistamos, seamos pro o contra, su ámbito de influencia sobre la economía española es más o menos significativo.

Estados Unidos —toca hablar de Donald Trump para no quebrar el consenso de las últimas semanas— crecería en 2017 al 2,1%. He dicho: crecería, no me he atrevido a decir: crecerá. ¿Por qué? Usted, amable lector, ya supone el porqué. En efecto, el porqué es el mismísimo Trump. Si con un solo tuit el hombre cambia los planes de inversión de los gigantes automovilísticos norteamericanos e incluso japoneses, ¿qué pasará una vez haya jurado su cargo de presidente de los Estados Unidos? Hacia dónde vaya Trump, según cómo enfoque su política económica, el PIB de Estados Unidos subirá más o subirá menos.

Donald hereda una economía donde el pleno empleo casi es una realidad, con una tasa de paro inferior al 5%, con la inflación al alza, con retirada ordenada de los estímulos monetarios, anunciando una batería de estímulos fiscales que ya querríamos que Rajoy y Montoro se fijaran un poco en ella… Bien, por consiguiente, en términos internos. El legado de Obama, a simple vista, no parece nada malo.

Las bombas económicas vendrían, o vendrán, de sus relaciones con el exterior. Sin haber dormido aún en la Casa Blanca, Trump hace temblar los cimientos de la economía mexicana. La industria del querido México se resiente. Paralización de inversiones manufactureras por no decir que cambio de rumbo quedándose en Estados Unidos… Con el riesgo añadido, tanto para acuerdo de libre comercio en América del Norte como para el propio México, de que Trump haga realidad sus promesas de imponer aranceles a las importaciones mexicanas. En principio, los pronósticos apuntan a que México crecería en 2017 a una tasa del 2%, cerrando 2016 con el 2,1%. ¿Qué pasará a partir del 20 de enero?

Si a ello se agrega las amenazas en el mismo sentido hacia China, ¡podría desencadenarse una guerra comercial entre Estados Unidos y China que sería de dimensiones incalculables al día de hoy y vaya usted a saber quién se alzaría ganador en ese enfrentamiento! Más allá de esos impactos, el paso siguiente sería la conflictividad en los mercados financieros.

Al mismo tiempo, tanto el Brexit como la victoria de Trump abren interrogantes sobre una realidad económica que se impone. El bloqueo comercial con medidas proteccionistas está actualmente provocando una desaceleración en el comercio mundial que crece por debajo de lo que lo hace la economía. En el trasfondo, se divisa una población norteamericana y europea con sus ingresos estancados, acuciando las desigualdades de renta, riqueza y de oportunidades, con la cada vez más cercana sombra de esa imparable aceleración de cambios tecnológicos que va destruyendo empleos en segmentos laborales no únicamente bajos —mano de obra poco cualificada— sino también medios —como administrativos—, con la transformación digital ganando enteros, con la inteligencia artificial invadiéndonos, con la robótica desplazando al ser humano.

Con la frustración ciudadana en auge, con un sentimiento cada vez más generalizado de que todos nuestros males son culpa de la globalización y de las políticas aperturistas de todos esos años, se van alimentando sentimientos proteccionistas y las corrientes populistas se propagan tanto a la derecha —Trump es la vida demostración y Le Pen puede corroborar en las urnas francesas esa influencia derechista, en cuyo caso el proyecto europeo viviría serias dudas— y a la izquierda ,en España Podemos es esa alternativa y en Italia el amigo Beppe Grillo encabeza los descontentos de una sociedad anclada y que hasta bien entrada la década de 2020 no recuperará atisbos de su viejo esplendor, poniendo en jaque a las formaciones políticas tradicionales y al mismísimo establishment que durante tantos años ha pasado de la ciudadanía.

Así que cuestionar el crecimiento económico norteamericano, o al menos atreverse a vislumbrar hacia dónde se encaminará, es todo un ejercicio de funambulismo. ¿Seguirá el liderazgo económico de los Estados Unidos con Trump? ¿Qué hará Donald con la Organización Mundial del Comercio? ¿Cómo serán sus relaciones con el Fondo Monetario Internacional? ¿Deflagrará el Nafta (Acuerdo de Libre Comercio de América del Norte)? ¿En qué se quedará el Acuerdo Transpacífico? ¿Se abortan ya los gérmenes del Tratado de Libre Comercio entre Europa y Estados Unidos?

Si internacionalmente las dudas sobre el crecimiento económico giran en torno a Estados Unidos, en el plano interno surgen muchos interrogantes. ¿Cómo enfocará Trump las políticas de inmigración, de comercio, de política exterior si va poniendo obstáculos en las relaciones comerciales, cómo regulará su política económica? ¿Es viable, en el año 2017, una reindustrialización de los Estados Unidos creando muchos puestos de trabajo con los robots reemplazando a la gente?

La política fiscal que anuncia Trump es moderadamente expansiva con rebajas de impuestos e incentivos en el gasto público con obras de infraestructura —buena oportunidad para las constructoras españolas— y en defensa —también con posibilidades para empresas españolas—.

¿Serán capaces las finanzas públicas norteamericanas de soportar embestidas en su déficit fiscal y aumentos en su deuda pública que está por encima del 100% del PIB? Los riesgos ahí están, mientras Trump prepara la mudanza hacia la Casa Blanca. Deja su torre neoyorquina y se instala en el administrativista y político Washington.

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