Coacciones, amenazas y mentiras: así ha llevado Puigdemont al PDeCAT al servicio del radicalismo

Carles Puigdemont i Casamajó. (Foto. Flickr)
Carles Puigdemont i Casamajó. (Foto. Flickr)
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El partido central de Cataluña, el PDeCAT, es desde ayer un agitador radical más del proyecto independentista. La formación heredera de Convergència Democràtica de Catalunya ha abandonado la moderación para rendirse a la vía unilateral de quienes siempre han rechazado el partido, pero ahora se han quedado con él para recuperar sus cargos y evitar injerencias en la toma de decisiones.

La caída de su líder, Marta Pascal, ha sido el punto de inflexión de este giro hacia la radicalización del PDeCAT. Su marcha ha sido consecuencia de las coacciones del ex presidente Carles Puigdemont, mal asesorado por los mismos que acortaron la vida política de Artur Mas y provocaron la desaparición de CDC, tras pactar con la CUP -el partido al que se pretende parecerse ahora el PDeCAT, pero con postulados liberales y de derechas-. En el entorno de JXCat, el ex consejero Francesc Homs, el ex diputado Jordi Cuminal, alcaldes y ex alcaldes como Miquel Buch, Albert Batalla o Joan Ramon Casals así como profesionales de la cocina política como Joan Maria Piqué, Jordi Moreso, Francesc Sánchez o Jordi Cabrafiga -todos ellos prácticamente sin experiencia profesional privada- han gestionado el golpe contra la actual dirección del PDeCAT, tras fracasar en su intento de dirigir el partido en su fundación, el año 2016.

Aprovechando el tirón ciudadano de Carles Puigdemont, todos ellos han movido los hilos del ex presidente para conseguir complicidades como la de los tres ex consejeros presos. Puigdemont se ha dejado utilizar para cumplir con su deseo de convertir Cataluña en una República y ellos lo han utilizado para ganar cuota de poder. Tienen poco en común, pero juntos han conseguido sus objetivos. Expertos en comunicación política, ahora quieren aprovechar su poder ejecutivo en el partido para alinearse con los CDR y apostar por la vía rupturista y de confrontación.

Los cambios a raíz del congreso de este fin de semana se empezarán a visualizar rápidamente. Los ocho diputados en el Congreso, entre los cuales la nueva líder del partido Miriam Nogueras, bloquearan la agenda política de Pedro Sánchez mientras no libere los golpistas presos. Van a votar en contra de todas aquellas iniciativas que proponga el gobierno, y van a negar el sentarse en la mesa de negociación mientras no se pare la “represión”. Una posición que contrasta radicalmente con los acuerdos de Quim Torra con Pedro Sánchez durante su reunión en Moncloa. Y es que en los próximos días se debería reunir la comisión bilateral Estado – Generalitat, y fuentes de la nueva dirección pedequiana no lo ven con buenos ojos.

Otra de los cambios que se notarán con la nueva dirección, será la falta de crítica a las decisiones más controvertidas de Torra y Puigdemont. El posible avance electoral para finales de año, no era compartido con la dirección de Marta Pascal. Ahora, con ellos al mando, no tienen oposición para convocar elecciones. Torra solo tendrá el rechazo de Esquerra a volver a las urnas, pero eso no les importa lo más mínimo. Las relaciones entre los nuevos responsables del PDeCAT y ERC están rotas, y su objetivo es liquidarlos como harán en octubre con el Partit Demòcrata.

Presiones, coacciones, amenazas y mentiras

El asalto al poder de los críticos del PDeCAT ha venido marcado por el juego sucio. Provocaron la celebración de un congreso extraordinario por la posición de moderación de Marta Pascal. Le criticaron el pacto de la moción de censura para echar a Mariano Rajoy -aunque Puigdemont lo validó por teléfono con Pablo Iglesias- y le acusaron de querer retroceder. Convirtiéndola en el blanco del independentismo, situándola en la diana, los críticos amenazaron con una candidatura alternativa para dirigir el partido.

Durante las semanas previas a la celebración del congreso, Pascal intentó integrar al máximo de críticos, empezando por Puigdemont, que rechazó la presidencia del partido por que no quería involucrarse en el partido que pretendía gobernar vía asalto. La ex coordinadora general les ofreció distintas vías, pero el problema era ella. Puigdemont no la quería y los críticos aún menos. A la vista, casi toda su dirección ha podido continuar excepto ella. Todo ello, mientras algunos críticos como el consejero del Interior Miquel Buch, mandaba mensajes a varios ex altos cargos del Govern cesados con el 155 y que no fueron restituidos, donde acusaba a Pascal y la dirección del PDeCAT de no permitir su restitución. Da la casualidad que Buch, precisamente, se negó a restituir al director general de la Policia Pere Soler, entre otros altos cargos.

A media semana, Pascal tenía controlado el partido, pero el jueves las cosas se volvieron a complicar. El portavoz en el Congreso, Carles Campuzano y la presidenta del consejo nacional del partido, Mercè Conesa, intentaron ir a ver a los ex consejeros a la prisión de Lledoners -algunos de los cuales amigos íntimos, como Rull y Campuzano-, pero no se lo permitieron. La consejera de presidencia Elsa Artadi y su jefe de gabinete Jordi Cabrafiga, gestionan las visitas y sabían que esa -con ambos dirigentes cercanos a Pascal- no les beneficiaba. El día siguiente, el viernes, sí pudieron ir a la prisión Pascal y Artur Mas. Salieron de allí con un acuerdo validado por Josep Rull y Quim Forn, y con más reticencias de Jordi Turull. Mantenía a Marta Pascal al frente del partido y la entrada de críticos y cercanos de Puigdemont en la ejecutiva. A última hora del día, el ex presidente vetó el pacto y volvió a repetir la amenaza vertida el miércoles anterior, en una reunión con alcaldes en Alemania: si Pascal continúa en la dirección, me doy de baja.

El sábado por la mañana, las amenazas y coacciones continuaron hacia la coordinadora general, mientras se preparaban varias listas para dirigir el partido. A media tarde, con Puigdemont rechazando a Pascal, esta decidió renunciar a formar parte de la dirección a cambio de una candidatura de unidad que incluyera gran parte de su equipo. Por la noche anunció su marcha, y su número dos David Bonvehí, empezó a construir una lista. En un hotel de Barcelona, Bonvehí ponía y quitaba nombres, equilibrando territorios, sensibilidades y familias. A la misma hora, con algún nombre ya sobre la mesa, un gran número de asociados propusieron que se votara nominalmente a los nuevos miembros de la dirección, con la intención de castigar a alguno de ellos. Conscientes de que eso sería un nuevo escándalo y rompería aún más el partido, Bonvehí y los críticos maniobraron para que estos desistieran.

El domingo por la mañana, a pocos minutos de registrar las candidaturas, todo parecía que se podía volver a torcer con los pascalianos intentando mover ficha, a sabiendas que podían ganar el congreso aunque dejaban en ridículo a Puigdemont. Finalmente cerraron una lista conjunta con los críticos, aunque paralelamente se registraba otra de militantes de base, que querían dimitir si ganaban para convocar elecciones con listas abiertas y votar nominalmente. Al final, su opción orquestada en dos horas y sin grandes nombres entre sus impulsores, consiguió casi un 30% de los apoyos frente al 65% de la lista oficialista.

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