Principio de acuerdo entre JxCAT y ERC

El Gobierno ve un “teatro” la presidencia simbólica de Puigdemont y vigilará sus pasos en Bruselas

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Mariano Rajoy con Carles Puigdemont. (Foto: EFE)
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El principio de acuerdo entre Junts per Catalunya y ERC para una presidencia simbólica de Carles Puigdemont genera aún profundos recelos en el Gobierno de España.

Con los precedentes del expresidente catalán, es difícil que alguien en el Ejecutivo se llegue a creer que pueda dar un paso atrás hasta que no sea él mismo quien lo confirme públicamente. Por eso, el Gobierno se mantiene cauto y expectante a los movimientos de los independentistas, acelerados en las últimas horas en distintos encuentros en Bruselas. La propuesta es ficción para el Ejecutivo, en el sentido de que nada así puede merecer una atención excesiva. Es “una obra de teatro”, confían en algunos medios internos. Por razones obvias, esa presidencia nunca será reconocida por La Moncloa.

En el Ejecutivo están más centrados en el ‘plan B’. Es decir, en el candidato que, en sustitución de Puigdemont, será elegido presidente, y que, esperan, sea alguien “limpio” de causas judiciales.

Eso no exime para que se siga con atención el papel que Puigdemont está destinado a jugar desde ese cargo, creado ex profeso, sin duda, para conservar una cierta presencia pública.

Las intenciones del expresident pasarían de hecho por aprovechar su residencia en Bruselas para alimentar un foco de atención sobre la causa separatista. Como informó OKDIARIO, convertirse en una especie de ‘embajador’, eso sí, solo en Bruselas, teniendo en cuenta que su libertad de movimientos está restringida.

Su recorrido también estará muy limitado por la inevitable condena que, según fuentes jurídicas, llegará en torno a noviembre. Pero no hay dudas de que el expresident aprovechará sus próximos meses en el país belga para ‘internacionalizar’ el ‘procés’, aún pese al fracaso que ha constatado en sus últimas iniciativas. En su viaje a Dinamarca, por ejemplo, no fue recibido por ninguna autoridad del Gobierno. El Parlamento Europeo también ha sido claro en su rechazo a la independencia. Incluso, sugieren fuentes comunitarias, “sus amigos flamencos -en referencia al partido nacionalista V-NA- empiezan a darse cuenta de que ir de su mano no es tan buena idea”.

Su red de propaganda

El Gobierno estará vigilante para que Puigdemont no monte su propia estructura de propaganda. El precedente es la red de ‘embajadas’, una decena, al servicio de la Generalitat y desmantelada por la vía del artículo 155 junto con el Diplocat, entidad para impulsar la proyección de Cataluña en el exterior.

“La batalla en las instituciones europeas la han perdido completamente. Y éste es su drama. Donde la mentira se les vino abajo fue en la UE.  Podían mantener la fantasía de la República, de la independencia… Pero aquello de que Europa les iba a aplaudir y a abrir las puertas se ha demostrado una mentira. Se han llevado un chasco tremendo”, confía una fuente comunitaria, que advierte de que “es un asunto cerrado porque la UE no va a cambiar de posición y además España está en una posición muy superior” en el marco europeo.

“Se les identifica con la extrema derecha”

Contrarrestar el mensaje independentista en la Unión no ha sido, sin embargo, un camino de rosas. Y las mismas fuentes admite que hubo “momentos muy difíciles”. Un trabajo soterrado de “muchas reuniones” en las que replicar la versión “populista y sesgada” de los independentistas. El momento más delicado se produjo, confían, en la semana posterior a la celebración del referéndum ilegal del 1 de octubre. 

“Fue muy difícil explicar si las imágenes de los heridos en las actuaciones policiales eran fake o no. La sensación para el Parlamento era que en España había ocurrido una tragedia. Y la reacción en las instituciones europeas siempre es reaccionar a favor de las víctimas”, añaden.

El hecho de que ningún país haya aprobado una declaración de apoyo al ‘procés’, que el Parlamento no haya apoyado resoluciones ni enviado misiones de observadores internacionales atestigua el fracaso. “La UE les ha aislado institucionalmente y lo que es peor para ellos: les ha identificado con la extrema derecha”. 

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