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El retorno de los garantizados

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“Para quien tiene miedo, todo son ruidos”. Sófocles.

Psicológicamente es normal que, como humanos que somos, nos aterre lo inseguro y nos de pánico perder algo que para nosotros es valioso.

Hace unos meses leía un libro bastante interesante titulado Neuroeconomía (escrito por Pedro Bermejo), en el que se explicaba en uno de sus capítulos cómo todos nosotros -siempre y cuando no hayamos sufrido algún tipo de daño o lesión cerebral- contamos con unas regiones en nuestro cerebro que integrarían el sistema de aversión al riesgo o a la pérdida.

En este sentido, cuando se nos presenta algún tipo de estímulo como podría ser comprar un determinado producto, visitar un lugar específico o, incluso, conocer a una persona concreta, si en lugar de activarse nuestro sistema de recompensa se activa el cerebro del no, lo que se desencadenará será un sentimiento negativo que hará que rechacemos ese hecho o invitación, ante el miedo a perder algo más importante para nosotros. Este comportamiento de aversión al riesgo es bastante emocional y, a veces, es incluso hasta algo irracional. Por eso, como bien señalara el poeta Alonso de Ercilla y Zúñiga: “El miedo es natural en el prudente, y el saberlo vencer es ser valientes”.

No obstante, el mal comportamiento acumulado durante este año por gran parte de los mal llamados fondos de renta fija, junto con la pésima evolución de los fondos de fondos mixtos superventas en nuestro país o la volatilidad elevada que está mostrando, una vez más, la inversión en renta variable, ha llevado a muchos ahorradores a buscar productos de inversión en los que la prioridad sea evitar la posibilidad de perder parte de sus ahorros.

De nuevo, todo lo anterior, supone que una gran parte del ahorro financiero de los españoles siga invertido en depósitos bancarios y cuentas a la vista (a pesar de la baja o nula rentabilidad ofrecida), o que, desde muchas entidades financieras de nuestro país, vuelva a comercializarse un producto financiero que parecía olvidado, los fondos garantizados, con un doble objetivo: calmar la ansiedad y los miedos de los inversores más conservadores y, en paralelo, evitar la pérdida de clientes y, por supuesto, sufrir retiradas de los dineros gestionados.

A nadie se le escapa que un fondo garantizado es un producto en el que, ante las actuales circunstancias de mercado (donde los tipos de interés están en niveles tan bajos que hasta incluso estamos llegando a ver cómo, por prestar dinero a un Estado como el español, tenemos que pagar dinero si lo que suscribimos es una Letra del Tesoro a 6 o 12 meses), la esperanza de obtener una rentabilidad real positiva a vencimiento es muy baja. En el que las comisiones cobradas son muy elevadas o en el que, en cierta manera, se “ata” al partícipe al mismo. Incluso, nos lleva a pensar que quien realmente gana más con este tipo producto de inversión es la entidad financiera que lo gestiona y distribuye.

Renacer

Sin embargo, el miedo es libre y, habiéndose activado en muchos ahorradores sus estructuras integrantes de esa llamada región cerebral del no, lo que estamos viendo es ese renacer de estos pseudofondos y que muchos ya creíamos olvidado.

Es cierto que atrás quedan los años que van entre el 2004 al 2008, ejercicios gloriosos para este tipo de producto de inversión, en los que a cierre de cada ejercicio el patrimonio bajo gestión en los mismos superaba los 50.000 millones de euros.

Sin embargo, tras años de continuo declive, volvemos a asistir a un renacer de los mismos ante la decisión tomada por muchos inversores conservadores de no querer perder nada del dinero ahorrado. También ha influido la baja cultura financiera de nuestro país que facilita el hecho de que se mantengan falsos mitos como los de creer, por ejemplo, que invertir es sólo accesible a los ricos o que si se invierte en bolsa se podría llegar a “perder hasta la camisa”. Por supuesto, y por qué no decirlo, parte de responsabilidad la tiene el hecho de que muchos inversores se encuentren muy mal asesorados.

Como pueden ver, a pesar de la expectativa creada hace meses en nuestro país de mejorar la oferta de productos de inversión y de contar con nuevos servicio financieros capaces de ofrecer más valor a los ahorradores -todo ello gracias a la nueva normativa MIFID II o a la propia revolución industrial 4.0 que también afecta al propio sector financiero-, muchos ahorradores han optado por “refugiarse” en un viejo conocido de los que, como es mi caso y por los años acumulados en esto del análisis financiero independiente y asesoramiento objetivo, creía ya a punto de extinguir.

Al final, y lamentablemente, no hay nada nuevo bajo el sol en el mundo de las finanzas. Lo que para muchos ahorradores es un “oasis de paz” ante tanta turbulencia financiera, para las entidades financieras que gestionan y comercializan este tipo de productos se ha convertido en un verdadero “chollo” por explotar. Un auténtico producto “Win win” pues no sólo dan al cliente lo que desea (“paz y tranquilidad”), sino que además permite retener a los mismos durante un largo periodo de tiempo.

Y es que es lo que tiene a veces eso de los “chollos” financieros, que a veces tiene mucha letra pequeña que leer y comprender.

Pseudofondos

En el caso de los pseudofondos garantizados la hay y bastante. Por ejemplo, para que le garanticen el capital invertido usted deberá permanecer todo el tiempo (años…y muchos) que dure el producto en cuestión. Ahora bien, ¿qué necesita el dinero antes del vencimiento de la garantía? No se preocupe, pues le dirán que el fondo tiene “ventanas de liquidez”. Lo que quizás no le hayan contado es que esas ventanas puede que estén en el sexto piso y que, en caso de utilizarse, no tendrá garantizado el capital que invirtió en el fondo ya que tendrá que vender al precio que cotice el fondo en el momento de la venta. Un precio que pudiera ser inferior al valor liquidativo de su compra

Por tanto, cuando tomen cualquier tipo de decisión en materia de inversión, no se dejen influir sólo por la región de su cerebro donde se sitúa el sistema de aversión al riesgo no vaya a ser que su amígdala cerebral les lleve a un lugar aún menos aconsejable.

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