El Bayern elimina a la Juve en un partido memorable entre dos colosos que honran su leyenda

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Müller celebra el gol del empate del Bayern ante la Juve. (AFP)
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La Juve saltó al campo del Bayern dispuesta a demostrar su grandeza. Y lo hizo. Lo hizo con mayúsculas y sin complejos, como un auténtico equipazo y unos jugadores que honraron su escudo, su historia y su leyenda. Igual otros, de otros equipos, deberían imitar su ejemplo.

Poco tardaron los de Allegri en encarrilar el partido. Apenas cinco minutos gracias a un error enorme a pachas entre Alaba y Neuer. El error lo aprovechó Lichteiner, que se la puso a Pogba, el deseado de Zidane, para marcar a placer. A la Juve se le diseñaba el partido soñado. Un gol mal anulado a Morata en el minuto 22 pudo cambiar el devenir del partido, pero la Juve estaba lanzada.

El sueño turinés fue más dulce aún veinte minutos después cuando Morata hizo una jugada de esas que valen por un fichaje para el Real Madrid. La cogió en su propio campo, se fue de Benatia de una forma insultante, tiró un caño a otro zaguero y, con la defensa del Bayern desarbolada, se la puso a Cuadrado, que embelleció aún más la jugada: recorte sobre Lahm con sangre fría y definición perfecta con el interior. Era un gol de bandera, un gol de Champions.

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Pogba celebra el primer gol de la Juve en el Allianz. (AFP)

Pero el Bayern es un grande y los grandes de verdad, no sólo de nombre, los grandes, grandes, nunca se rinden. Los bávaros, aunque no siempre con acierto, empezaron a encerrar a la Juve. Ribèry y Douglas Costa las pedían todas. No rehuían ningún duelo, ningún regate. No les quemaba la pelota. No se arrugaban.

La torpeza de Allegri

A Allegri entonces le entraron los siete males y realizó cambios torpes y cobardes. Nunca lo hiciera. Sobre todo el cambio de Morata, al que sacó del campo para meter al bullicioso y viejo Mandzukic. Guardiola respiró, aliviado por quitarle de encima a su mayor preocupación, y echó al Bayern todavía más arriba. La Juve, su técnico, mejor dicho, había empezado a cavar su propia tumba.

En el 73 apareció Lewandowski, quién sabe si futuro 9 del Madrid, para dar esperanzas al Allianz Arena. Su cabezazo, después de un centro soberbio del soberbio Douglas Costa, cogió a media salida a un Buffon al que esos centros ya le matan y cabeceó para adentro. El Bayern estaba vivo. Y coleando. Y apretando.

La Juve retrocedía hasta colocarse por delante de Buffon, con todos los jugadores en la frontal del área. Pasaban los minutos y, cuando parecía que los italianos se iban a meter en los cuartos, un magnífico centro de Alaba se lo comió toda la defensa de la Juve y lo cabeceó a gol Müller, un jugador de esos acostumbrado a meter goles heroicos. Era el minuto 90 y el Allianz se venía abajo.

Y en la prórroga apareció Thiago

En la prórroga el Bayern ya sí tenía algo que perder y echó el freno a su furia. La Juve soportó el golpe de su clasificación interruptus y no le perdió la cara al duelo. El cansancio parecía haber sobrevenido de golpe a ambos equipos. Pero entonces Ribèry no pudo más y Guardiola metió a Thiago, uno de esos jugadores enormes nacidos para los grandes partidos.

Y fue precisamente Thiago el que marcaría el 3-2, ya en el minuto 107 después de una pared con Müller en el área de la Juve. El hispano-brasileño marcó con suavidad y clase a partes iguales. El Bayern ponía un pie en los cuartos y el otro lo puso definitivamente dos minutos después gracias a un gol de Coman en una acción individual plena de potencia y talento.

Ya se sabe que no hay peor cuña que la de la misma madera y Coman es un jugador cedido… por la Juve. Rondaron los turineses el 4-3, pero ya era demasiado tarde para obrar un segundo milagro en el mismo partido.

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