Vega se define en Madrid ante la afición de su ‘Reina Pez’

Vega se define en Madrid ante la afición de 'La Reina Pez'.
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Hay artistas que definitivamente no lo son. Al menos, bajo esa definición estereotipada que tenemos en la mente y a la que algunos nacimos cuando adolescentes, destrozando la pared de nuestro cuarto a chinchetazos mientras cambiábamos un póster por otro. Esos seres a los que endiosábamos… Vega presentó este jueves en Madrid su último trabajo, ‘La Reina Pez’, y explicó sobre las tablas del Ocho y Medio Club la diferencia que va entre predicar a unos creyentes desde un púlpito elevado y tener una afición a la que resultar divina.

Según la Real Academia de la Lengua, lo que vivieron los asistentes a su concierto de presentación en Madrid fue algo “muy excelente” o “extraordinariamente primoroso”. Uno imagina a esta cantautora cordobesa con dejes gallegos en su habla más en la cola de entrada, formada una hora antes de la apertura de puertas en la calle Barceló, que en el camerino. Mucho más entre la grey de entregados coristas de sus composiciones desde la pista que subida al escenario. Porque su actitud no fue la de ‘venís a verme’ sino la de ‘estamos de fiesta’.

Facilita el contacto con el público una sala con un aforo de unas mil personas, referencia de los locales de música en directo en Madrid. Pero más lo facilita que el cartel lo protagonice una artista consciente de que la felicidad está en celebrar junto a su gente el premio de que hay una nueva obra musical que compartir. E incluso que las listas de ventas la colocan, de inicio, en el ‘top 2’ nada más sacar el álbum a los estantes.

Así, la presencia de Vega ante el micrófono empezó antes de que sonaran las primeras notas de ‘Sombras’, el corte con el que se abre el reciente ‘cedé’ y con el que da inicio cada uno de sus recitales. Vega salió de entre cajas para saludar, dar las gracias a su gente, y presentar a la artista invitada a la reunión, la canaria Cintia Lund, que resultó un remedo electrónico y rubio platino entre la figura de Lauren Bacall y la música de Aviador Dro y sus obreros especializados. Pidió Vega para ella escucha y entrega, como una deferencia de los suyos ante la chica que calentaba los motores desde arriba mientras abajo se empezaba a compartir en las redes “estoy en lo de Vega”.

Y lo hizo como suele hacerlo esta artista con ya 16 años de carrera a sus espaldas, con brillo en los ojos y una sincera sonrisa en su pequeño rostro, con una especia de “ahora vengo, que estoy ansiosa, pero antes, por favor, tomad un regalo y yo me voy terminando de preparar”.

Uno querría escribir que Vega arrasó en Madrid, que dio una lección musical y que su público se entregó a las 18 canciones que regaló la cantante antes del preceptivo triple bis. Uno podría explicar aquí que, con la guitarra o el ukelele al cuello, se repasaron las 12 piezas de este último trabajo redondo, que combina los medios tiempos, las nanas y un buen pop rock, un álbum que ha convencido a la crítica y tiene extasiado al público.

Pero en realidad lo que se debe hacer es una crónica de una chica rodeada de su afición, fieles seguidores, aspirantes a colegas de la muchacha. Desde la apertura de puertas hasta la salida, pasando por las visitas al guardarropa, sorprendía la amplia variedad de edades —desde los infantiles preadolescentes hasta los maduros cincuentones—; lo lejos que queda esta guapa artista de convocar grupitos de niñas fans —como alguien quiso que fuera su público al inicio de su carrera—, porque sí que hay conjuntos de féminas, pero son de ésas que van a por su propia cerveza a la barra; y la sorprendente reunión de compradores de entradas del género masculino en la misma franja de edad de la artista, cuando éste es un país en el que suele dar algo de vergüenza ser un tío y romperse la garganta con las canciones de una tía.

Vega
Vega, sobre el escenario, y su público entregado en el Ocho y Medio Club de Madrid. (Foto: ADP)

Subida a la tarima, rodeada de su banda “desde hace muchos años”, Vega se pide la ‘prímer’ entre los ansiosos por que volviera a haber un concierto suyo en Madrid: “La que más ganas tenía soy yo”. Y el aplauso que arranca ante la confesión no es el de un público agradecido por la frase prefabricada de una artista bien enseñada, es el de unos colegas reunidos alrededor de un fuego en una noche de acampada, disfrutando de la música de la que, de los reunidos, mejor rasga sus cuerdas vocales y las de la guitarra.

La complicidad entre la que canta y los que escuchan es total. No es sólo que ella se calle de vez en cuando, levante el micro, y ellos homenjeen a coro, como pasa en todos los conciertos del mundo —como pasó, por ejemplo, en ‘Wolverines’, la décima canción de la noche—, sino que llega al punto de que a Vega se le escapa una sonrisa picarona cuando los suyos equivocan el tempo cambiado en el tercer estribillo de la potente ‘Sally’, con la que se cerraba el recital antes del bis.

Para entonces, ya habían salido los móviles a lo alto de la pista a grabar la interpretación de ‘When Mary Comes’, la hermosa canción de dormir que Mercedes —uno cree que ésa la compuso más desde su verdadero nombre que bajo el copyright de la artista— compuso para su sobrina; y ya había subido Budiño a escena, a compartir ‘Santa Cristina’, esa visita a las costas gallegas que marca una inflexión nostálgica y brumosa en el álbum y que anticipaba el inicial fin de fiesta.

El regreso de la corta visita al camerino fue un regalo para quienes —confesémoslo— caímos rendidos al blanco y negro de su anterior trabajo, el homenaje a la melodía italiana que Vega se dio en 2017 con ‘Non ho l’etá’. No estuvo Elvis Costello cuando le tocaba entrar en la segunda estrofa de ‘Dio come ti amo’, pero no se le echó en falta, fijados como estaban todos los asistentes al éxtasis de la intérprete. Y menos cuando aún quedaba lo mejor:

Los colegas de alrededor del fuego de campamento ayudaron a la chica que animaba la noche cuando se le olvidó la letra de ‘La conjura de los necios’, entre risas. Y descubrieron la fuerza en directo de ‘La Reina Pez’, la pieza que cierra el álbum, que clausuró el concierto, que da nombre al disco y que define a esta mujer, el antónimo a lo que la Real Academia define “altivez extremada”.

Lo que vio su afición este jueves 26 de abril en el centro de Madrid fue a una compositora, cantante, productora, promotora, empresaria… una artista completa que desmiente que sea necesario estar endiosada para resultar divina.

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